Páginas vistas en total

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Concierto en La Habana


Cubanos de Miami destruyen con una apisonadora discos de Juanes. | Reuters


Cuando se dio a conocer la noticia del concierto de Juanes en la Habana y la polemica posterior que creo, dije siempre que estaba por su celebracion, a pesar de que estaba claro que seria bien politizado por todos los interesados, mi naturaleza exceptica no cambio ni un apice pero tambien reconozco que mi pueblo cubano tiene derecho a disfrutar siempre que pueda de lo que le esta negado, la opinion del regimen por sabida me la ahorro, supongo que ya se lo habra anotado como otra victoria de la revolucion, tambien me alegra que los cavernicolas cubanos de Miami no se hayan salido con la suya en su intento de boicoteo y hayan tenido que conformarse con su quema hitleriana de cds, ahi demuestran realmente lo frustrados que estan algunos por alla y la imagen del regimen de intolerancia y venganzas que impondrian en la isla si pudieran alcanzar el poder, por suerte esos tambien son solo una minoria en la Nacion cubana, el optimismo posterior me lo ahorro, no creo que nada cambie en Cuba por ahora, como no estuve ( tampoco habria ido si pudiera ) me he limitado a pegar algo que fue publicado en uno de los blogs de el Mundo el periodico español, lo mas cercano que he encontrado a mi manera de pensar sobre lo sucedido



Juanes, junto con Miguel Bosé y otros cantantes, al finalizar el concierto 'Paz sin Fronteras' celebrado en La Habana. STR

La Habana sin fronteras

ERNESTO FUNDORA

desde Cuba 23 de septiembre de 2009.-

Todavía La Habana resuena con los gritos de 'Paz sin frontera'. La gente se quedó cargada, en trance, bajo los efectos de una gigante aspirina emocional; acunando la esperanza de una apertura hacia reformas que provoquen un mejor bienestar a la sociedad cubana. Ni siquiera hablan de transición política, como en otras partes reclaman los cubanos. Aquí la gente tiene la energía síquica ocupada en resolver qué comer, en sacar adelante el día a día, y gracias al evento del pasado domingo, la carga se hace más llevadera. Juanes y sus invitados dejaron una siembra trans-ideológica, tocaron una fibra sensible de cohesión multinacional, una huella de voluntad progresista para romper el hielo de la inercia, las aguas estancadas, promover nuevas formas de acercamiento y diálogo entre las diferentes percepciones del tema cubano, que entorpecen el consenso inevitable entre la diáspora y los de la Isla, entre los gobernantes cubanos y los de naciones vecinas. Alguna vez le escuché decir a Alejandro Sanz que una canción no era capaz de detener un tanque pero sí podía movilizarle el corazón al soldado que lo conduce. Eso hicieron los artistas de 'Paz sin fronteras': pusieron oxígeno en vena demostrando a Cuba y al mundo que es posible tender alianzas con otras concepciones y modelos de pensamientos. Y que en ello se regocija el respeto y se debilita la intransigencia. Resulta curiosa la diversidad de credos de los artistas participantes. Y cómo, afiliados bajo una sensibilidad trascendente y un propósito noble, fueron capaces de catalizar y estremecer a la nación y a la opinión publica internacional. Católicos, ateos, yorubas, neoliberales, anarquistas, izquierdos, socialdemócratas, de centro y escépticos se juntaron a cantar, reír, bailar y llorar en una fiesta de sana promiscuidad que, sin lugar a dudas, dejará fértil la futura siembra de la concordia y el progreso. Algo que nos evoca la reunificación de Jamaica a través de la música de Bob Marley. Y no estamos hablando de utopías redentoras ni sensibleras, ni de transformaciones que acontecerán de un día para otro de forma mágica. Todo el que estuvo el domingo en La Plaza sabe que desde ese instante algo empezó a curarse, que allí se gestó una nueva forma de armonía con un lenguaje propio, con sutilezas de las que hacen temblar a los sistemas dominantes, ya sean los del Imperio o los de la Isla. Fue un idioma entre artistas y pueblo, entre músicos y un público joven que reclama con austeridad ideológica entrar por fin a decidir la parte especifica de la historia que le toca. Los políticos de todas partes, empeñados en sacar su tajada de provecho del dilema cubano, saben que a partir de ahora afrontan nuevas complejidades, y que el acto de comunión mágica alcanzado en dicho concierto tiene resonadores trascendentes. Un extraño privilegio les otorgó a estos músicos de moda tomar el timón de las reconciliaciones e impedir la injusticia de que un pueblo tan especial siga abatido por la ira y la desesperanza. Los ojos del mundo se han posado nuevamente sobre Cuba y dependerá de su gente y su gobierno que esta acuciosa atención no sea, una vez más, desaprovechada. Cuba puede resucitar y ganar la complicidad de esa parte civilizada del mundo para burlar los muros ideológicos en busca de salidas emergentes y reabrir 'caminos clausurados' por los dogmas desde y hacia la isla. Pasados dos días renuncio a mi insistencia de buscarle la 'quinta pata al gato' acerca de las razones ocultas o manipuladas para este concierto, donde además coincidían de forma interactiva más de un millón de jóvenes dispuestos a pasar un buen rato. Prosigo a continuación mi safari de anécdotas entre la millonaria concurrencia. Los presentes aprovecharon para conformar nuevas tribus y redes humanas, lo que le aporta al evento un plus de valor cultural. Hoy sienten y se regocijan con una energía renovadora, participativa, integrista. Se juntaron con homólogos de toda América Latina en el disfrute de un trance propulsado por una complicidad generacional, animista, lúdica y comprometedora a la vez. Desde la visita del Papa el mundo no paseaba por Cuba convocando a tanta multitud. Muchos me preguntan por algún gesto de desobediencia civil y, en honor a la verdad, reconozco que no me tocó verlo. Creo que no estaba en el espíritu de la concentración. Apenas vi a un negro de sesenta años decir, mientras caminaba mascullando entre dientes su desesperación: "Pan y circo, pan y circo", me recordó a Pánfilo, pero no hizo eco en los jóvenes eufóricos. Cambié de rumbo y me encontré con Luisa, una de las pocas señoras de avanzada edad. Le pregunté y respondió orgullosa que venía desde Lawton, del barrio del comandante Camilo Cienfuegos, para rematar jactanciosa: "También el de Celia Cruz", dejando entrever su pasión por las dos Cuba, la republicana y la revolucionaria. De ambos períodos confesó tener recuerdos felices y terroríficos. "La vida siempre ha sido una de cal otra de arena", me dijo en tono de tristeza antes de ofrecerme un cucurucho de maní. "De esto vivo, ayúdame, papito", me dijo jacarandosa. Le compré varios cucuruchos a cambio de su impresión del concierto: ¡Chico, la verdad, este pueblo es muy fiestero. Al cubano, bailando, se le olvidan todas las penas. Así somos. Si viene Juanes, bienvenido, aquí se le quiere a todo el que traiga un poco de alegría! Jaime, un mexicano venido de Oaxaca interrumpió mi diálogo con la anciana. Aproveché para preguntarle cómo la está pasando y con una sonrisa despampanante confesó: "Ojalá y todos los días del año se hicieran estos conciertos. ¡Viva Bosé, viva Juanes, viva la virgen de la Guadalupe, viva la Revolución, viva la paz, viva La Caridad del Cobre!". La abuela para no quedarse atrás le cortó el aliento al ranchero: "Y viva el futuro". Un grupo de adolescentes irrumpió intercediendo entre la anciana y el mexicano y quedé a merced de una madeja humana que me desplazó hacia otra zona del concierto. Se me erizaba la piel involuntariamente. Pude sentir la vibración del clamor humano, al apogeo emocional que se suscita solo en las grandes congregaciones. Un factor de comunión y emociones nos enlazaba a todos: la música, la más religiosa de las creaciones humanas. Caminé, bailé, conversé, rocé, interactué, opiné, coqueteé, debatí, seduje y fui seducido. Me diluí en la masa, fui público devoto, espectador despierto, sumé mis manos a la ovación cerrada. Pedí por Cuba, por Colombia, por mi tiempo, por la humanidad entera, tan confundida y necesitada de sonreír. Terminé juntando mi voz a miles de jóvenes cubanos y del mundo entero: colombianos, brasileños, venezolanos, mexicanos, costarricenses... que al unísono con Juanes, reclamaron a través de un estribillo simple y visceral la necesidad de un mundo sin fronteras. "Ese muchacho se ha ganado un lugar en nuestra historia", me dijo un padre de familia con ojos llorosos mientras cargaba en los hombros a su pequeño hijo. "Muévete, Cuba, muévete, muévete", gritaba Giovanotti, incitando a romper la inercia. Mayito, el cantante de Los Van Van, se desgañitaba 'soneando' los versos de José Martí. Yothuel, el de Orishas, rapeó en yoruba una plegaria misericordiosa a favor del destino de Cuba. "Es tiempo de cambiar", decía Juanes, y el retumbe coral estremecía al auditorio. Quienes lo vieron en televisión también fueron subyugados. Los artistas lloraban en escena y yo aproveché la oportuna curación que ofrecen los abrazos. Recogí las serpentinas hasta el próximo carnaval