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lunes, 20 de septiembre de 2010

Cultos afrocubanos minoritarios


LA REGLA ARARA

En Cuba, bajo la denominación genérica de arará, fueron introducidos esclavos africanos pertenecientes al grupo étnico ewe-fon, que habitaba los territorios del antiguo Dahomey. Ellos fueron conocidos por diversas denominaciones, entre las cuales podemos mencionar a: arará cuevano, arará magino, arará sabalú o sabaluno, arará dahomey, etc.

En la provincia de Matanzas fueron asentados muchos de estos esclavos africanos debido al florecimiento en la misma de la plantación azucarera. Las localidades de mayor presencia arará en nuestra provincia fueron Perico, Agramonte, Cárdenas, Jovellanos y Matanzas. En la actualidad, en las mismas, se conservan las prácticas mágico-religiosas de origen arará.

Las variantes que se conservan de estas formas de la religiosidad popular son las variantes Arará Magino, Arará Dahomey y Arará Sabaluno, respectivamente.

El sistema de deidades de esta expresión religiosa tiene sus variaciones en dependencia de las localidades donde se practique. Pero en línea general sus deidades tienen su equivalente en la Regla de Ocha.

Regla de Ocha - Regla Arará.

- Jurajó - Elegguá. - Ajuagún - Oggún. - Ferekete - Yemayá. - Hevioso - Changó. - Masé - Oshún. - Asojano - Babalú Ayé. - Addano - Oyá. - Ajosí - Obatalá. - Malé - Oddúa. - Naná Burukú - Naná Burukú.

Se debe enfatizar el hecho de que estas dos últimas deidades son representadas por ofidios (majáis jubo), características éstas que no están presentes en otras expresiones religiosas de origen africano en Cuba.

Otro aspecto a destacar, lo es la importancia que han tenido las ideas y representaciones mágico-religiosas arará en el culto a San Lázaro, Babalú ayé en la Regla de Ocha. Este orisha, deidad de las enfermedades de la piel y los huesos, es muy connotado en la religiosidad popular cubana. Para Unos es "Santo arará" y para otros de origen lucumí (yoruba), pero rey en 'tierra" arará.

LA REGLA GANGA LONGOBÁ

La procedencia étnica de los esclavos ganga todavía no ha sido lo suficientemente aclarada en el estudio de la historia étnica cubana. Algunos autores sitúan su lugar de origen en los territorios de la actual República del Congo, mientras que el estudioso mexicano Aguirre Beltrán, G. los considera representantes de la cultura mandinga.

Según los documentos de la época, los esclavos ganga fueron asentados en diferentes lugares de la provincia, pero en la actualidad el producto transcultural y sincrético de sus prácticas mágico-religiosas sólo se mantiene vivo en el seno de una familia del poblado de Perico, Matanzas.

Sus portadores son muy herméticos en relación a sus prácticas rituales. Pero podemos afirmar que su sistema de deidades es semejante en funciones y atributos a las de la Regla de Ocha.

Regla Ganga

- Gewa Eleggúa. - Nou Oggún. - Yebbé Babalú Ayé. - Mambá Changó. - Yeyé Oshún. - Obbé Yemayá. - Oyá Weri Oyá. - La Vieja Obatalá.

En la etnia conocida como ganga en Cuba al parecer existían relaciones de tipo matrilineal, lo que se refleja, a nivel de las ideas y representaciones mágicas religiosas, en el hecho de que las funciones rituales y estados de posesión recaen sobre las mujeres, mientras que los hombres sólo interpretan la música ritual.

LA REGLA IYESSÁ

En la actualidad no podemos hablar de una Regla Iyessá como expresión religiosa viva, sino de la supervivencia de ciertos rituales, música y cantos relacionados con el culto a los orishas de las tribus yoruba, cuyos representantes fueron introducidos como esclavos en Cuba. Ellos fundaron el 24 de Junio de 1845, en la Ciudad de Matanzas, el Cabildo Iyessá Modú "San Juan Bautista".

Sus descendientes, y otros practicantes que entraron a formar parte de él, a través de las generaciones, trataron de conservar las tradiciones de sus ancestros, pero tal y como escribe el prestigioso investigador Rogelio Martínez Furé: "... En la actualidad el Cabildo Iyessá de Matanzas se encuentra en plena decadencia, limitándose sus integrantes (estibadores, lavanderas, albañiles, amas de casa, empleados de pequeños comercios, zapateros) a celebrar cada 24 de Junio la festividad de San Juan en un local de la calle Salamanca #187, en ocasiones va a ejecutar la música característica de su grupo en fiestas rituales celebradas en la provincia de Matanzas, la Habana y las Villas".

Sus miembros deben estar iniciados en alguna casa templo de la Regla de Ocha, pues este cabildo no conserva los ritos de iniciación de las prácticas mágico-religiosas de origen Iyessá, ni otros rituales específicos.

Las deidades que son adoradas en el Cabildo Iyessá son las mismas que encontramos en la Regla de Ocha, aunque bajo otros nombres. Los "orishas" que gobiernan el cabildo son Oggún, deidad de la guerra y los metales, y Oshún, deidad que representa la alegría y sensualidad femeninas, dueña del oro y el río.

Quien fue realmente Andrè Petit?

Interesante y documentada disertacion que a pesar de caer en algunos topicos sobre las religiones afrocubanas menos conocidas, arroja bastante luz sobre la verdadera personalidad de Andrè Petit,el nombre que mas se menciona siempre que uno se sumerje en el mar de informaciones sobre la religiosidad popular cubana, parece que fue un personaje realmente excepcional.


ÁNGELES Y DEMONI0S.

EL UNIVERSO DE ANDRÉS PETIT.

por María del C. Muzio

La llegada del bilongo

Quiquiribú mandinga... esa negra linda, camará, que me hechó bilongo... canta una tonada popular que todo cubano ha coreado. Porque palabras como quiquiribú, mandinga, bilongo, y otras muchas hasta aquella famosa kokoríkamo, sobre la que Don Fernando Ortiz desarrollara una enjundiosa conferencia, son sabrosos ingredientes del exquisito ajiaco con que se definió la nacionalidad cubana ya hace mucho, por nuestro tercer descubridor.

Y es que aquellos indianos que arrastraban tras de sí a los africanos sujetos a fuertes cadenas, que además habían exterminado con sus civilizadas encomiendas a la mayoría de la población aborigen, jamás soñaron ni mucho menos pudieron imaginar el proceso tan complejo y difícil que iniciaban, que hasta fue necesario crear un término para definirlo: transculturación.

Que una iglesia católica, la de Jesús, María y José (La Sagrada familia) se halle rodeada de cuatro centenarias ceibas que a su vez simbolizan cuatro potencias o juegos abakuá (Uriapapá, Fokonandibó, Kerewá e Ibondá) fundados en los inicios de lo que fuera el barrio de San José del Real Astillero, es difícil de encontrar en otro país que no sea Cuba.

Lo real maravilloso no es producto de la mente afiebrada de un genial novelista, es una realidad palpable, que «...presupone una fe». Porque esto no fue obra de un soplo divino ni de un plumazo, sino del largo proceso e intrincado desarrollo a través de los siglos que se inició desde que el Almirante creyó llegar a las Indias y descubría el Nuevo Mundo.

Yorubas, mandingas, carabalíes, ararás, comenzaron a llegar a la isla denominada Juana y después Fernandina alrededor de 1595.

Ellos trajeron sus recias constituciones físicas para los más duros trabajos, pero también sus creencias de la lejana patria africana, sus mágicos hechizos. Viajaron también, en esencia, allende los mares, los orishas, íremes, ngangas; en fin, la brujería, el temido y respetado bilongo.

Convertidos a una nueva fe, evangelizados no siempre de la forma más convincente, optaron por la inteligente estrategia de continuar amando sus ídolos en los santos que le presentaba el dueño y señor.

De la feliz táctica adoptada por los negros surgieron los llamados cultos sincréticos o afrocubanos.

Regla de Ocha, santería; ñañiguismo o abakuá; y Regla de Palo Monte, paleros; son las tres principales ramas de las regiones traídas por los africanos, que subsisten hasta nuestros días.

Los paleros aún atesoran secretos de las hierbas y palos del Monte que sólo transmiten a sus seguidores e iniciados, e incluso, algunos de ellos se han perdido al llevárselos celosamente guardados algunos tatas de nación a su sepultura.

La regla de Ocha o santería es la más popular y difundida, quizás por lo hermosos de los pattakíes de sus orishas que conforman el panteón yoruba y sus ceremonias de sus orishas de gran carácter festivo.

El ñañiguismo, muy cerrado en su culto y de inflexibles patrones para sus adeptos, en más de una ocasión estuvo a punto de desaparecer y, traidor para algunos o benefactor para otros, su supervivencia se debe en gran parte a Andrés Petit. No obstante, como esta legendaria figura es el eje y razón de nuestro trabajo, estos aspectos serán ampliados en sucesivas cuartillas.

En menor escala que estos tres cultos sincréticos mencionados anteriormente, en la zona oriental subsisten algunos creyentes del vodú o culto de la culebra, originario de Haití, traído a estas provincias por esclavos haitianos emigrantes con sus amos por el cisma de la Revolución de 1804. Aquí también se da el curioso proceso de que al asentarse en suelo cubano adquiere características propias.

Quedan otros cultos, que por minoría, han sido menos estudiados sin dejar por ello de ser interesantísimos, pertenecientes a diferentes grupos étnicos: los Iyessá, los Gangá y los Arará.

Referencia aparte merece el espiritismo, que se interrelaciona con casi todos, en sus tres variantes propiamente cubanas: el kardesiano o de cordón, el cruzado de las zonas orientales, y el de misas, típico de la capital.

Regidora de todos ellos, la Iglesia Católica, intentando salvar lo más puro de sus dogmas, con sus portones abiertos en cada festividad eucarística para su disímil rebaño, que en Cuba -a no ser el ateo- todos sin distinción veneran al Cristo crucificado en el Gólgota.

Es imposible realizar un profundo estudio de nuestras raíces sin comprender el complejo proceso de mezclas, simbiosis y transiciones que se originaron. No somos más que el resultado de aquel peninsular que iba a la iglesia a bautizar al esclavo recién bajado del bergantín. Nadie como Fernando Ortiz comprendió estos hechos en su gran magnitud y lo explicó con el nuevo vocablo de transculturación producto de su más alta creatividad.

«Hemos escogido el vocablo transculturación para expresar los variadísimos fenómenos que se originan en Cuba por las complejísimas transmutaciones de culturas que aquí se verifican, sin conocer las cuales es imposible entender la evolución del pueblo cubano.»

Esa fusión de elementos contrapuestos que por inexplicables vericuetos humanos y divinos lograron integrarse han conllevado a lo que los estudiosos denominan como religiosidad popular. Las conclusiones en las que coinciden la mayoría de ellos es que, en definitiva, esa religiosidad simple y sincera del pueblo, a la que llamo confusión de cultos, es la predominante en realidad.

Qué mejor prueba de su vigencia que el culto surgido en pleno siglo XX en torno a la figura de Amelia Goyre de Adot, conocida como la Milagrosa del Cementerio. Si observamos con detenimiento las características de su rito podemos apreciar que posee elementos de la santería, el palo y el catolicismo. De hechos como este y muchos otros (promesas al Rincón, por ejemplo) se infiere la gran fe de nuestro pueblo relacionada íntimamente en la conformación de su nacionalidad.

En su magistral Contrapunteo Don Fernando concluía: « La verdadera historia de Cuba es la historia de sus intrincadísimas transculturaciones.»

A través de cada página de nuestra historia nos asaltan hechos insólitos, significativos. Durante el siglo XIX fueron innumerables los cabildos y cofradías que se fundaron. Los negros y mulatos, y hasta los africanos legítimos, se asociaban entre ellos bajo la advocación de un santo católico con el fin de protegerse mutuamente pero aún así, existían dificultades y opositores.

Un ejemplo que molesta leer con el prisma de este siglo es el referente a una sociedad de socorros mutuos de pardos y morenos que solicitaban llevar un escapulario y la modificación de sus estatutos bajo la advocación de Nstra. Sra. Del Socorro en el barrio de San Nicolás, a lo que la Reina de España tendría que dar la aprobación. Y le escribían al Obispo alertándole: «...extendiendo la entrada, aún a los no libres pues no procede permitir esto, con que los esclavos están sujetos a la voluntad señorial, y tampoco sus necesidades pueden depender de la caridad pública, creyendo que si el Exmo. e Iltmo. Sr. Obispo no paró mientes en lo expuesto ha sido porque su fiscal no estuvo atento a la pretensión...». Corría el año de 1866.

Este variado y complejo proceso, inagotable en su estudio, tiene uno de sus máximos exponentes en Andrés Petit. Si nos adentramos un poquito en su época, nos percataremos de lo valioso de sus razones para las actitudes que asumió. Tratemos de develar en algo el hálito del misterio, la magia y el secreto que lo envuelven.

El Enigma Petit

Andrés Petit es conocido por dos hechos fundamentales: la venta Ekue en 1857 al permitir la entrada a los blancos en una secta religiosa secreta conformada hasta entonces sólo por negros, y el de fundar dentro del culto de Palo Monte la rama Kimbisa del Santo Cristo del Buen Viaje.

La mayor parte de las anécdotas de su vida están recogidas por Lydia Cabrera en su imprescindible libro de consulta sobre la secreta religión de los ñañigos, y otras, son conocidas por la tradición oral. También es nombrado en el minucioso análisis que hace la propia autora en el libro que dedica a los kimbiseros.

La personalidad de este hombre en el que se entrelazan de manera indisoluble la realidad con la leyenda se torna sencillamente fascinante. Porque además, se cuenta de su profesión de la fe católica, por lo que resulta difícil conciliar tantas disímiles creencias en un mismo individuo amén de que la Iglesia, no ajena a sus prácticas nada ortodoxas, las tolerara, ya que es poco probable que las desconociera.

Cabe preguntarse a este nivel de información quién es en realidad Andrés Petit. La respuesta baila ante nosotros con sus letras saltarinas: un ENIGMA.

Zahorí, -no es de dudar que llevara el estigma de éstos: una cruz en el cielo de la boca o la lengua-, su poder de adivinación y su don de realizar conjuros mágicos, vinculado al espiritismo, ofrecen de él una imagen difícil de enmarcar en los contornos a los que estamos acostumbrados.

Petit andaba las calles de La Habana vestido de levita negra y calzando sandalias. Era habitual que llevara un bastón, báculo famoso, que a diferencia de los bastones corrientes tenían casquillos de plata por ambos lados, que lo semejaba más con un itón de los utilizados por los altos dignatarios abakuá. Bastaba con que lo levantara y dijera sus palabras mágicas de Adiós, mi niño, para que lograra lo mismo paralizar en plena calle a un transeúnte que impedir un atraco.

Podía predecir, a quien él estimara, el número de la lotería, y lograr que un culpado, procedente de familia adinerada, saliera absuelto del juicio, siempre y cuando ofrendaran limosnas para su Convento.

Aparte del sobrenombre de Andrés Kimbisa se le conocía también con el del Caballero de color, porque en una ocasión en que estaba de visita en casa de un criollo de título nobiliario, otro de los visitantes le protestó por recibir a un mulato, a lo que el dueño le contestó que ese hombre era un caballero de color.

Consultaba tan sólo con un vaso de agua que removía con una varilla y antes exigía el rezo de tres Padre Nuestro, tres Ave María y tres Credo. NO es casual la utilización del número tres. También sabía rezar en latín.

Otras de las leyendas es que fue terciario de la orden franciscana y Limosnero de San Francisco de Asís. En la actualidad ya no se ven aquellos hombres que salían con la cruz y el estandarte, dando tres golpes en el suelo con ella y reclamando pan y limosna para su Convento y sus pobres.

Como buen palero, si su nganga o prenda le exigía que saliera a las calles a pedir la caridad para los necesitados, lo hacía descalzo. Lo meritorio del hecho de fundar la rama Kimbisa fue el ampliar este culto para los blancos y que él mismo tomara no sólo los principios del Palo, sino también de la santería y el catolicismo en gran medida.

Dentro de los abakuá ocupó la plaza de Isué, que corresponde a una especie de obispo y es uno de los cuatro jefes (obones) principales en un juego o potencia. Bakokó Efor fue al que perteneció.

También introdujo la devoción a Cristo y se dice que la plaza de Abasí (Dios) que ha de ser ocupada por lo general por uno de los más ancianos de la potencia, fue de su creación.

Por treinta onzas de oro se juran los primeros blancos en 1857. Y es Andrés Petit quien lo permite para con ese dinero comprar la libertad de varios ekobios. Sin embargo, este hecho considerado por algunos como una alta traición a los suyos, no sólo sirvió para libertar algunos esclavos, sino que él lo hizo en un sentido más amplio. El blanco que fuera monina de un negro no iba a permitir que se cometieran abusos e injusticias sobre su hermano de religión. Pero hay todavía más, porque cualquier separación de razas, de una o de otra, conlleva una discriminación, y Petit comprendió, más pronto que algunos de sus contemporáneos, -quizás su condición de pardo lo ayudara-, que en esa mezcla, gústele o no a muchos, estriba la esencia de los pobladores de esta tierra.

Se cuenta que algunos ñáñigos, molestos contra Petit por permitir la entrada a los blancos, lo esperaron en el Puerto a su regreso de un viaje que hizo, -esto también está dentro de la leyenda-, a Tierra Santa y al Vaticano a visitar al Papa, en esa época era Pío Nono, quien le bendijo la rama de olivo traída con la que confeccionó su mágico bastón y utilizó para crear su nganga además de darle permiso para fundar el culto Kimbisa Santo Cristo del Buen Viaje. Desde la embarcación Petit sólo tuvo que levantar su báculo para que los que lo aguardaban, unos con un cuchillo, otros con un revólver o una navaja, quedaran paralizados y él descendiera despreocupadamente sin ningún tropiezo.

Pero al aparecer, la molestia de muchos ekobios negros perduró, pues los principales miembros de la potencia Bakokó Efor fueron suspendidos en sus funciones y castigados. Y aquí nos encontramos de nuevo con uno de los tantos enigmas que rodean la historia de la vida de Andrés Petit. Si él, junto con los principales obones de su juego, fue suspendido, cómo es posible que seis años después de la venta realizan la primera consagración de plazas, y cómo en 1875, tres años antes de su muerte, aparece testificado en un acta abakuá en Regla. Porque es muy probable que la suspensión fuera por un tiempo extenso.

El 24 de diciembre de 1863 nace la potencia Mukarará Efó o Aknarán Efó, primer juego conformado por ñáñigos blancos. Estos pertenecían a las mejores familias de la nobleza criolla. Ya con anterioridad a estas fechas el segundo Marqués de Casa Calvo había sido desterrado por Tacón, entre otras cosas, por permitir reuniones de negros en su casa. Es precisamente en 1878, el año en que falleció Petit, en que se crea el segundo juego de blancos: Ecorie Efor.

Los cultos que son muy cerrados como es el caso del Palo Monte, y en mayor medida, el abakuá, se rodean de una atmósfera misteriosa, -a veces una leyenda negra que los perjudica-, que los torna muy interesantes a los ojos del neófito. Estas prácticas traídas del Calabar y el Congo, al ser eminentemente secretas, convierten en muy difícil y hasta imposible, el trabajo para el investigador, aunque a su vez es lo que ha asegurado su supervivencia.

En medio de todo ello se alza la figura de Andrés Petit o Andrés Kimbisa, aún mencionado a más de un siglo después de su muerte, en la mayoría de las ocasiones con veneración, por los creyentes de ambas religiones.

Tanta era la leyenda que la realidad se perdía en el tupido bosque de historias, anécdotas, referencias escritas o narradas de forma verbal. Y hasta se llegó a pensar lo impensable, -claro que nunca por los continuadores de estos cultos-, de que Andrés Petit era eso únicamente, un personaje legendario.

Dentro del enmarañado ramaje existía un hecho único al parecer verídico por la coincidencia general: había muerto en Guanabacoa, ignorándose el año preciso (1872 ó 1889 cita L. Cabrera).

Después de rastrearlo sin fruto alguno en los legajos de Cofradías y Cabildos y en algunos de los Protocolos Notariales del Archivo Nacional, en un libro de la Parroquia de la Asunción de la vetusta villa, casi sepultado el nombre en el índice por un trabajo de encuadernación posterior, aparecía al fin un dato certero que certificara su paso real por la vida. Allí, en el tomo 14 del Registro de Difuntos correspondiente a Pardos y Morenos, Folio 10, Número 27, en hojas que el tiempo deshace, aparece registrada la muerte, el 20 de mayo de 1878, del pardo ingenuo, Andrés Petit.

Para que no quepan dudas de que se refiere al Petit legendario, el sacerdote transcribió con su cuidadosa caligrafía, parte del testamento otorgado cinco días antes, en que se dice que no sólo recibió los Santos Sacramentos y que era soltero de cuarenta y ocho años de edad, sino que además disponía por su alma las treinta misas de San Gregorio y las mandas pías, pidió que se le amortajase con el hábito del Padre Santo Domingo, se le colocase en una caja sin lujo que se cubriría de inmediato alumbrándose el féretro con cuatro luces puestas encima de la mesa de su habitación en que tiene la imagen del Santo Cristo del Buen Viaje.

Un análisis detallado de esta certificación de defunción nos comienza a trazar una imagen del hombre que nos devela nuevas facetas. Comienza a aclararse el aspecto de que Andrés Petit, incluido con las diversas religiones que practicó y fundó era, en definitiva, un hombre eminentemente religioso.

Quién sino un terciario dominico hubiera pedido ser amortajado con el traje de fraile. Se conoce que los terciarios, tanto franciscanos, dominicos o carmelitas, realizan los votos de castidad, pobreza y obediencia.

La fecha de muerte nos ofreció la probable de nacimiento, pues tendría que haber ocurrido a finales de 1829 o en 1830. Después de un pesquisaje en las iglesias más antiguas de La Habana, se encontró su fe de bautismo donde era de suponer, en la Parroquia del Santo Cristo del Buen Viaje. Vínculos internos, muy estrechos, lo ligaban a ella.

Andrés Petit nació el 27 de noviembre de 1829 y fue bautizado el 3 de enero de 1830 según lo atestigua el libro de Bautismos de Pardos y Morenos, tomo 33, folio 209, número 813. Se aclaran otras interrogantes. El apellido Petit viene dado por doña Leonor Petit, dueña de su madre, la esclava Juana Mina. Del padre ni siquiera se menciona el hecho de que fuera desconocido y tiene de padrinos a Enrique y Margarita Benedit Petit, quienes con seguridad forman parte de los amos blancos. Corrobora esta suposición que en el mismo libro de bautismos aparece asentado, inmediatamente después del de Andrés, el de una esclava adulta, también perteneciente a Doña Leonor Petit y con Margarita Petit fungiendo de nuevo como madrina.

No obstante el hecho de que aparezcan estos dos importantísimos documentos que prueban su existencia real, se mantienen algunas de las interrogantes y se abren otras más, por lo que se mantiene su condición de personaje enigmático. Es difícil, por tanto, realizar una análisis lo más objetivo posible sin caer en el terreno de la especulación.

Sí podemos ir coligiendo el hecho de que no fuera terciario franciscano sino dominico, como lo prueba la defunción, ya que es poco probable que lo fuera de dos órdenes religiosas diferentes a la vez.

Otro aspecto para aclarar es que en el año 1878, cuando Petit fallece, el convento de Santo Domingo pertenecía al clero secular agrupado en la congregación de Santo Domingo que con anterioridad había sido de los dominicos, y no es hasta alrededor de 1887 que pasa a los franciscanos a quienes pertenece en la actualidad.

Profundizando algo en la rama Kimbisa del Santo Cristo del Buen Viaje fundada por él, si se le realizara un minucioso análisis se pudiera llegar a la conclusión de que siendo su génesis el Palo no debe ser considerada una rama dentro de esta, sino un culto independiente, creación única de Petit basado en los conocimientos que tenía de este, de Ocha y de la religión católica junto con aspectos del culto traído del Calabar.

Poco o casi nada estudiado, la referencia más amplia sobre este culto la encontramos en el libro de Lydia Cabrera publicado en Miami. Como no es nuestro objetivo hacer muy extenso el presente trabajo, sólo nos referiremos a los aspectos que son tomados de las religiones mencionadas.

En primer lugar, para ser un kimbisero hay que ser una persona honorable, de buenas costumbres, lo que se verifica antes de ser aceptado. Aquí tenemos la primera similitud con la secta abakuá en su esencia más pura.

Después, el iniciado debe prestar un juramento en el que se entremezclan los mandamientos cristianos, pero el primero de todos consiste en jurar por la fe en la existencia de Dios. El animal sacrificado en la iniciación es un gallo (otra semejanza con los abakuá), ya que los animales de cuatro patas (chivos, carneros) se sacrifican cuando es la consagración de un Padre o Madre capacitado, algo así como el equivalente del Tata-Nganga y la Yayi.

El kimbisa jura ante el crucifijo no blasfemar ni maldecir, perdonar a su enemigo, atender a sus hermanos, no traicionar la institución entre otros. Es importante detenerse en específico en uno: perdonar a su enemigo. Este principio es puramente cristiano, en ninguno otro culto de los traídos del África lo encontraremos. No es característica usual de los mayomberos, ni de los ñáñigos, ni de Ocha, el perdón. Al contrario, aplican la máxima de «clavo saca clavo, mayombe tira y mayombe contesta». Esta diferencia es la que independiza a los kimbisa de los demás.

Otro aspecto importante son los rezos. Las plegarias están dedicadas, sin variación alguna, en primera instancia, a Jesucristo. Ya sea mencionado como el Santo Cristo del Buen Viaje o Jesús Nazareno, pero nunca falta como referencia primera.

Una orientación interesantísima es una amonestación a los Padres Maestros: Bienaventurados los pacificadores porque serán llamados hijos de Dios que abunda en copiosas citas bíblicas y desde su mismo título nos remite al Sermón de la Montaña.

UNA DE LAS CELEBRACIONES más importantes de los kimbiseros es la Comida de los Muertos, Despedida del Año Viejo y el Advenimiento del Año Nuevo. Allí mientras se les reza, se canta y baila, se coloca una cazuela con comida (arroz con frijoles y carne de puerco) de la que todos van comiendo con la mano a la vez que bailan alrededor. Rito similar de comunión mediante la comida tienen los abakuá.

De Ocha toma los santos en su carácter sincrético, a través de sus imágenes, y también en la presencia de ellos a través del matari.

No he querido detenerme en las similitudes con el Palo, ya que por supuesto, los kimbiseros realizan sus trabajos a partir de los poderes de los palos y hierbas del monte, y tienen su prenda o nganga que nunca será judía, sino cristiana.

De la prenda famosa de Petit conocida como Mamá Lola se cuenta que esta fue heredada por su mejor ahijado.

Someramente hemos mencionado algunos de los aspectos que nos hacen presuponer que el culto kimbisa no es una rama más del Palo Monte, sino un culto, por su esencia cristiana, independiente.

Pero además, si hiciéramos un estudio más profundo del culto de Palo Monte en sus otras ramas más conocidas, Brillumba y Mayombe, notaríamos la influencia de la Kimbisa de Petit, porque en estas anteriores apreciamos junto a la prenda judía, la cristiana, que no es más que el resultado del sincretismo religioso en el que Andrés Petit jugó un papel determinante.

Pude constatar visitando el munanso-mbele de un famoso Tata-Nganga brillumbero de Guanabacoa que este no difería mucho del de los kimbiseros descritos en el libro de La Regla Kimbisa. Otro factor influyente es que por lo general un palero es a la vez santero y abakuá y entonces sus casas adquieren esa coloración especial del manto en que se envolvía Petit.

Mención aparte y muy especial atención merece su Testamento, protocolado cinco días antes de morir, por el notario Don Luis Justo Marín de Guanabacoa (tomo 2, 1878, Nave 1, estante 6). Con este importantísimo documento se abren otras incógnitas, y nos ofrece datos de interés como la dirección de la casa en que habitaba en Guanabacoa, calle de Candelaria, No. 40; afirma ser hijo de padres desconocidos y bautizado en la Parroquia del Santo Cristo del Buen Viaje. Si desconoció al morir a la humilde esclava quizás fuera que en realidad esta únicamente fungiera como tal o no lo supiera...

Dejando a un lado las especulaciones, el testamento comienza con la proclamación de su fe católica como era característico de la época y con las mismas frases utilizadas por el notario en otros testamentos.

La primera parte es la que aparece transcrita en su defunción. En cuanto a las deudas, éstas no son tantas entre lo que él debe y lo que otros le adeudan. No hay una enumeración detallada para ser un inventario legal, de los cuadros al óleo e imágenes que lega al Monasterio de Santa Catalina, y específica que allí tenía algunos depositados de antemano. En este primer acápite del Testamento ofrece los rasgos de su espiritualidad al pedir cuatro velas al Santo Cristo del Buen Viaje, y el féretro sin lujos, ofreciendo un rasgo de humildad, pero el hecho de solicitar que fuera cerrado de inmediato, posibilitaba que cualquier ceremonia funeraria ritual que se realizara no estuviera a la vista de todos. Abakuá al fin, sus ekobios con seguridad le realizaron el llanto, que siempre se les hace al morir a los juramentados, y quizás el gallo de la muerte lo acompañara en su destino final. Otra de las legendarias versiones sobre su muerte es que lo acompañó su Nganga, pero de todas maneras, existían razones muy poderosas para solicitar el cierre de inmediato de su féretro, y que enigma y leyenda vayan juntos de la mano.

Es significativo que su imagen del Santo Cristo del Buen Viaje fuera legada a Don Domingo Sabate para cuando este regresara del extranjero, los motivos no se consignan y los desconocemos.

A su ahijado Francisco Báez le deja la suma de quinientos pesos, y otras pequeñas cantidades a un grupo de personas, indistintamente blancos y negros, «en recompensa de los buenos servicios que le han prestado los agraciados «.

Instituye por su albacea y único heredero a Don Domingo León y Lanouvé, quien se encargaría de repartir los bienes y del funeral.

Esta figura desconocida juega un papel trascendental en el final de sus días, y al parecer era escribano de actuaciones de la misma notaria, ya que es nombrado como tal en otros documentos y escrituras.

Un dato muy curioso es que el testamento no aparece firmado por él porque «...el testador que asegura no escribir haciendo lo de su ruego y designación el testigo Carrió «.

El estudio del testamento evidencia a un hombre religioso, y habría que leer en las entrelíneas cuando dice «con cuantas facultades sean necesarias y las de arreglar judicial o extrajudicialmente su juicio testamentario según le conviniere a Don Domingo León y Lanouvé « lo que muestra que este era un hombre de toda su confianza, ya que esos cultos eran muy mal vistos en la época, considerados aún hasta muy entrado el siglo XX: «cosas de negros».

En cualquier caso, la vida del gran taumaturgo continúa siendo un misterio.

Antes de emitir alguna conclusión hemos de percatarnos de que no obstante tener ya la certeza de que Andrés Petit no es una leyenda, que fue un ser con dotes excepcionales cuya existencia fue real, es poco lo que hemos logrado despejar de ese gran enigma que él representa.

Tanto los creyentes como los libros de referencias lo mencionan con otros nombres agregados al de pila: Andrés Facundo Cristo de los Dolores; sin embargo, en ninguno de los documentos legales encontrados aparecen. Podemos pensar que son adicionados o superpuestos, ya sea al fundar el culto Kimbisa o al profesar como terciario dominico si en realidad lo hizo. Es característico de estas órdenes religiosas (franciscanos, dominicos o carmelitas) agregar un nombre netamente católico en relación con la orden que se profesa. Pudiera ser Cristo de los Dolores y el Facundo tenga más que ver con la afrocubanía. Lola se le dice a las Dolores, y hay que recordar el nombre de su prenda kimbisa: Mamá Lola.

Son muchas las interrogantes que aún quedan sobre Andrés Petit: por qué en la defunción y testamento se dice padres desconocidos si en la fe de bautismo aparece una oscura esclava como la madre; por qué en su defunción y testamento es un pardo ingenuo si fue bautizado como párvulo esclavo; quién, cómo y en qué momento, a título de qué no fue nunca esclavo el que tomó el apellido del ama; por qué estuvo tan ligado durante su vida al ambiente religioso; quién le inculcó esa fe católica; pero a la vez, por qué vías estuvo imbuido de los cultos afro traídos por una parte de sus ancestros...

Se despeja un tanto parte del misterioso laberinto que es Andrés Petit, porque lo analizado hasta el presente nos condiciona para aseverar que fue un hombre básicamente religioso, asceta y célibe, como los grandes místicos.

El mágico contrapunto de Petit

Independiente de las sombras que dificultan un cabal conocimiento de su vida podemos intentar el trazo de un análisis valorativo que nos ofrezca una dimensión justa de Andrés Petit.

Su venta del secreto abakuá para posibilitar que también fueran aceptados los hombres blancos no fue más que producto del profundo conocimiento que poseía de nuestra nacionalidad; porque prejuicios aparte, fuimos conformados y somos esa liga heterogénea y nada ortodoxa de diferentes razas. En casi ningún otro país como este caben aspectos que marquen diferenciaciones, y por tanto, discriminaciones.

El polvo de sus sandalias que recorrían las calles estrechas de la Habana Vieja y Guanabacoa conocieron de esa mezcla que a la vez conllevó a lo que tal vez denominemos como una confusión de cultos y que no pasa inadvertida aún en nuestros días.

Si estábamos conformados de negros y blancos que iban a la misma iglesia aunque no se asentaran sus bautismos y enterramientos en los mismos libros, si la fe no se le negaba ni al que acababa de llegar de la ardiente África desconociendo a un Nazareno, por qué razón no iban a integrarse los blancos que lo desearan en un culto profesado por el amigo o el hermano de crianza.

Petit fue profundamente católico. Podemos casi asegurar que terciario dominico. Su devoción al Santo Cristo del Buen Viaje también lo atestigua.

Se cuenta, y me inclino a que no sea leyenda, que uno de los ocho estudiantes de Medicina fusilados en 1871 era abakuá. De ser cierto, con seguridad integró el primer juego de blancos fundado por Petit.

Este hecho como muchos otros más, atestigua que lo mejor de la nobleza criolla, y al decir lo mejor me refiero a la ligada a los afanes independentistas, estuvo vinculada a los cultos de Petit.

La fundación del culto Kimbisa del Santo Cristo del Buen Viaje fue otro intento de lograr la integración de blancos y negros en una misma fe. A veces no se llega a esta por el camino más recto, sino que se necesita de tomar atajos y salvar los vericuetos.

Eminentemente cristiano, a él se debe la introducción del crucifijo en estos cultos.

Lo que hizo mediante su obra y vida fue convertirse en una hermosa parábola de la transculturación.

Andrés Petit, por ser él mismo un ejemplo de la mezcla de razas, sintió esa dualidad en su propia existencia, por lo que utilizó varios senderos a la vez. Lo mismo consagró como Isué, que preparó su nganga, el tronco de los demás kimbisas, que rezaba en latín.

En música se le denomina contrapunto a la concordancia armoniosa de voces contrapuestas. Guarda gran similitud con este concepto la integración armónica de distintas religiones realizada por Petit.

Andrés Petit, incluido con las diversas religiones que practicó y fundó, además de la vida que llevó consagrada a realizar el bien, ayudando a los más pobres, sin ostentación ni lujos, sino asceta igual que un monje de convento fue, sin lugar a dudas, un hombre principalmente místico.

Entiéndase por místico el individuo que busca la luz por diversos caminos, que no desdeña ningún conocimiento, ninguna escuela filosófica; en fin, que se dedica a la vida espiritual. No existe margen de duda alguna para aseverar que Andrés Petit fue, en esencia, un hombre místico.

La legendaria historia de sus milagros y hechicerías vista a la luz de los grandes avances científicos puede ser escuchada con sonrisas incrédulas y escépticas, para las que nunca habrá una prueba objetiva. Se podrá estar de acuerdo o no con ellas, pero estas superviven dentro de lo más puro de nuestras tradiciones, porque como escribiera ese grande de nuestras letras, Alejo Carpentier: "Los que no creen en santos, no pueden curarse con milagros de santos".

Su trayectoria vital es un ejemplo fehaciente del proceso de transculturación, y aún con muchos de sus enigmas por descifrar, su controvertida imagen de fantasía y leyenda pulsa las cuerdas de nuestra historia para conformar ese contrapunto maravilloso del siglo XX dentro del que es indiscutible el lugar primordial que ocupa.

Bibliografía:

-Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, Fernando Ortiz. La Habana, 1963.

-La secta secreta abakuá, Lydia Cabrera. La Habana, 1959.

-La Regla Kimbisa del Santo Cristo del Buen Viaje, Lydia Cabrera. Miami, 1986.

-Anaforuana: ritual y símbolos de la iniciación en la sociedad secreta abakuá, Lydia Cabrera. Madrid, 1975.

-La brujería y el ñañiguismo en Cuba, Israel Castellanos. La Habana, 1916.

-Los criminales de Cuba y José Trujillo, Carlos de Urrutia y Blanco. Barcelona, 1882.

-Archivos de la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, Guanabacoa. Libro 14-P de Difuntos. Folio 10 Núm. 27.

-Archivos de la Parroquia del Santo Cristo del Buen Viaje, La Habana Vieja. Libro no. 33 Bautismos de P. y folio 209 Núm. 813.

-Archivo Nacional: Fondo Gobierno Sup. Civil. Cofradías y cabildos. Lagajo 754 No. 25954.

-Archivo Nacional. Fondo: Protocolos notariales (...) Tomo 2 1878. Nave 31, Estante 6.

Este trabajo investigativo fue presentado en el evento Cultura para el Desarrollo (C. Habana, sept. de 1996) y recibió un reconocimiento especial de la Fundación Fernando Ortiz.