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sábado, 12 de marzo de 2011

El dinero no tiene olor para alguna gente

Cantando bajo la... jaima del tirano

La revolución libia deja en evidencia a Beyoncé, Mariah Carey, 50 Cent y otros artistas que actuaron para el clan Gadafi - Algunos acabaron donando su caché

DIEGO A. MANRIQUE - Madrid - 12/03/2011

Para qué negarlo: el primer sentimiento es el deleite. Deleite ante el bochorno de esos superventas que, ahora se sabe, animaron las juergas de los hijos de Muamar Gadafi. Nelly Furtado fue la primera en reaccionar, al anunciar que donaba su caché a una organización caritativa no especificada. En los días siguientes, han tomado decisiones similares 50 Cent, Mariah Carey o Usher. Beyoncé echó balones fuera: según sus publicistas, en 2009 entregó el millón de dólares de los Gadafi a las victimas del terremoto de Haití.

Sería mucho más convincente si la cantante no insistiera en que supo demasiado tarde quién costeaba aquella fabulosa fiesta de fin de año en la isla de St. Barts, donde solo debía interpretar media docena de temas y podía traerse de paquete a su marido, Jay-Z, y a varias amigas. Su sobrevenido ataque de mala conciencia huele raro.

Nos enteramos así de la tarifa habitual para esas funciones: un millón de dólares limpios, gastos aparte. Auténticas vacaciones pagadas: miniconciertos en entornos vip del Caribe o Italia. Ahora alegan que el contrato se firmaba con terceras personas y -aguanten la risa- solo se enteraban in situ de quiénes eran los espectadores. Otros supuestos beneficiarios de la generosidad de la familia Gadafi prefieren callar: se habla de Enrique Iglesias, Lionel Ritchie o Timbaland.

El clan Gadafi tenía afición al hip-hop y al R & B, músicas afines a la estética bling-bling, tan apreciada por los nuevos ricos del petróleo. Pero no hay géneros más culpables que otros: prácticamente todas las estrellas, sea cual sea la música que practiquen, están disponibles para los denominados "espectáculos privados" o "eventos corporativos" (la diferencia está en que los segundos se consideran gastos empresariales, deducibles de impuestos). Es un gran negocio que mueven compañías especializadas en eventos corporativos que se anuncian en Internet.

Con la excepción de Neil Young, Tom Waits y resistentes similares, cualquier rockero dorado está disponible para entretener a millonarios de Internet, oligarcas nacidos en la antigua Unión Soviética, dictadores tercermundistas, mafiosos variados, amos del universo en general. Exigen, eso sí, la máxima discreción, para no romper la imagen de artistas-del-pueblo: los fans podrían irritarse si oyen que sus favoritos tocan en su ciudad... y no hay forma de conseguir entradas.

Pocos se enteraron del concierto que, en 2007, los Rolling Stones dieron en Barcelona a instancias del Deutsche Bank, que usó su presencia como gancho extra para reunir a 600 analistas y directivos de las principales entidades financieras mundiales. El acto costó cuatro millones de euros, incluyendo la cena de gala y el alquiler del Museu Nacional d'Art de Catalunya.

Pero sin duda el mercado en ascenso es Rusia. En 2008, la ceremonia del 15º aniversario del gigante Gazprom contó con las apariciones de Tina Turner y Deep Purple, grupo fetiche del actual presidente ruso, Dmitri Medvedev. Entre las figuras que han pasado por la experiencia de la fiesta privada moscovita están Shakira, Christina Aguilera, George Michael o Kylie Minogue. El caché ronda el millón de dólares, aunque Tina -alejada de las giras- consiguió dos millones y medio a cuenta de Gazprom.

Otra razón para mantener esos conciertos en cierta clandestinidad es el peligro de la publicidad negativa, como la generada por la crisis de Libia. Pero, con la tecnología disponible, resulta imposible impedir que llegue a la Red testimonio visual de cualquier acontecimiento: así sabemos que Beyoncé lucía como una pantera ante los Gadafi.

No pasaron esos apuros los cantantes melódicos españoles que, es leyenda, actuaban en residencias de narcos colombianos y mexicanos en los años ochenta y noventa del siglo pasado. Alguno tiene recuerdos imborrables: ser obligado a cantar una y otra vez el tema favorito del capo, que remachaba sus peticiones enseñando los hierros.

Esas humillaciones son raras: normalmente, se pactan las condiciones al milímetro. Nadie se plantea problemas éticos: muchas superestrellas viven en ambientes exclusivos, donde se codean con políticos y potentados de diversa ralea. Todo es posible: Naomi Campbell no se extrañó de recibir diamantes en bruto como obsequio de Charles Taylor, el señor de la guerra liberiano.

En esos círculos, impera el vive y deja vivir, por no hablar de la curiosidad mutua entre famosos e infames. Incluso un artista supuestamente concienciado como Sting aceptó una invitación para una rutilante fiesta del traficante de armas Adnan Khashoggi en la Riviera francesa, a principios de los ochenta. Preguntado al respecto, Sting aseguró que prefería comprobar de primera mano quién era Khashoggi y cómo se divertía. Parece que no sacó grandes enseñanzas: en 2009, le contrataron para actuar en Uzbekistán, en un montaje de precios imposibles -las entradas más baratas equivalían a 45 veces el sueldo mínimo- que organizaba Guinara Karimova, la sospechosa hija del presidente uzbeco. Ya sabía a dónde iba: prefirió no dar noticias del recital en sting.com, su página web. ¿El botín? Entre uno y dos millones de libras.