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domingo, 27 de marzo de 2011

Otra dinastia arabe que se tambalea

La familia El Assad en 1985; entre otros, figuran Hafez el Asad (sentado) y su hijo Bachar (segundo por la izquierda).- AFP

El estallido de ira contra El Asad se extiende en Siria La asesora de El Asad anuncia que el Gobierno levantará la ley de emergencia impuesta desde 1963

ENRIC GONZÁLEZ / AGENCIAS Jerusalén / Ammán 27/03/2011

La crisis siria sigue inflamándose. Y el Gobierno del presidente Bachar el Asad continúa tratando de frenar las protestas en varios puntos del país. La consejera de El Asad Buthayna Chaabane, cara amable del régimen y portavoz ante la prensa, ha reconocido en una entrevista a la edición inglesa de Al Yazira que el Gobierno levantará el estado de emergencia impuesto tras el golpe de Estado de 1963. Buthayna, que no ha detallado el calendario para ejecutar la medida, ya adelantó durante una rueda de prensa esta semana que estaban estudiando la derogación de esta norma, junto a otras reformas destinadas a frenar la corrupción y elevar el sueldo de los funcionarios.

Ayer, en un nuevo gesto fallido para aplacar la revuelta, el Gobierno liberó a 260 presos islamistas. Al contrario, las protestas se extendieron a la zona costera del país. La diversidad social y geográfica que ha alcanzado la revuelta inquieta a Damasco Deraa, la ciudad sureña donde nació la protesta, vivió una nueva jornada de manifestaciones y la sede del partido Baaz y una comisaría de policía fueron incendiadas.

En la cercana Tafas, una multitud acudió al entierro de tres de los muertos el viernes por disparos policiales y después quemó también la sede del Baaz. En Latakia, capital de la provincia natal de los Asad y con una fuerte presencia alauí, se formó una marcha contra el régimen. La agencia estatal SANA ha informado de que en esta localidad portuaria han muerto 12 personas en los últimos dos días. Siria no vivía una semana tan sangrienta desde 1982, cuando una rebelión islamista causó decenas de muertos y la posterior represión gubernamental dejó entre 10.000 y 20.000 cadáveres en la ciudad de Hama.

Hasta el momento, ni los disparos de las fuerzas de seguridad ni las promesas de acabar con la corrupción y aliviar la opresión política han servido para que Bachar el Asad recuperara el control de la situación. El Gobierno de El Asad insistió en afirmar que los muertos registrados durante la semana (más de 100 según diversas fuentes hospitalarias sirias, al menos 55 según Amnistía Internacional) no habían sufrido disparos de la policía, sino de misteriosas "bandas armadas extranjeras" disfrazadas con uniformes de las fuerzas de seguridad.

En declaraciones a la BBC, Buthayna Chaabane dijo que "una conspiración extranjera" intentaba desestabilizar Siria, que varios forasteros habían sido detenidos y que Damasco respetaba el derecho de sus ciudadanos a manifestarse pacíficamente. Los miles de sirios que continuaron con la protesta no se mostraron convencidos ante esas explicaciones. En Deraa, la estatua de Hafez el Asad (padre del actual presidente) derribada el viernes se convirtió en el nuevo símbolo de la revuelta. Decenas de personas se encaramaron al pedestal cubierto de cascotes y colgaron carteles con la frase "el pueblo exige la caída del régimen", el grito emblemático de la revolución egipcia.

Los funerales por las víctimas más recientes, cuyos nombres fueron cantados desde los minaretes, se transformaron en actos de desafío al Gobierno. Lo mismo sucedió en Tafas, unos kilómetros al norte de Deraa. El funeral por tres víctimas desembocó en el asalto a la sede local del Baaz, el partido hegemónico de El Asad, y su posterior incendio. El hecho de que la protesta alcanzara Latakia, una provincia costera de la zona occidental del país con numerosos establecimientos turísticos y conocida, sobre todo, porque en ella nació Hafez el Asad, fundador de la dinastía gobernante, debió agravar la inquietud en Damasco.

La diversidad geográfica y social de las revueltas, en las que participaban numerosos suníes partidarios de un régimen islámico pero también jóvenes que reclamaban democracia, demostraba que la voluntad de cambio estaba muy extendida.

En medios políticos y periodísticos de Damasco se aseguraba que el presidente Bachar el Asad se preparaba para efectuar un discurso televisado (tras permanecer invisible durante toda la semana) en el que concretaría las promesas de reformas efectuadas el jueves por su asesora Chaabane y anunciaría una remodelación del Gobierno.

Lo que parece claro es que en Siria no se dan las condiciones para una revolución relativamente poco cruenta, como en Túnez y Egipto. El Ejército está directamente controlado por la familia El Asad. Si las protestas culminaran en una rebelión el escenario más probable sería el de una nueva Libia. Eso podría disuadir a la gran mayoría de la población urbana a unirse a la protesta: están hartos del régimen pero poco interesados en una guerra interna o en la subida al poder de los islamistas.