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domingo, 29 de mayo de 2011

El final de un gallego espabilado

jorge dorribo gude gerente de nupel

Un crecimiento meteórico apoyado por los políticos y una caída de campeonato
Fecha de publicación: 27/5/2011

Jorge Dorribo Gude es el prototipo de empresario de ascenso tan meteórico como inexplicable. Hijo de una familia humilde de un barrio de Lugo, inició con un socio un pequeño comercio de pieles, sobre todo cazadoras que traía de Marruecos. Al mismo tiempo montó un pequeño discopub, que simultaneó con el otro negocio, más por afición que por beneficio. Luego trabajó incluso como cartero en la ciudad de Lugo, con contratos de tiempo limitado, y más tarde comenzó a comercializar una crema de manos de efectos cuasi milagrosos que alguien había puesto en su camino por alguna casualidad.

Esta crema estaba especialmente indicada para la nutrición de la piel de las cazadoras y de ahí sale el nombre (nu-pel) que ahora ocupa páginas en los periódicos. Parece que la crema se vendía bien, y de ella pasó a las toallitas de manos, y luego a pequeños artículos de parafarmacia. La cosa comenzó a funcionar y Jorge Dorribo aprendió pronto que el suculento negocio lo controlaban los políticos. Por arte de no se sabe quién, pero con el apoyo de su entonces todopoderoso amigo Francisco Cacharro, Dorribo consiguió un aval de la Xunta que le permitía vender su todavía corto pack de productos Nupel en Cuba. Y allí estalló el big bang, el principio del universo Nupel.

En la Cuba de los noventa, Dorribo era el gallego más conocido después de Fraga. Vendía al sistema sanitario cubano de todo, y al mismo tiempo compraba muebles, santos y hasta coches antiguos, mientras los hombres del comandante le cerraban playas para celebrar allí sus fiestas privadas con decenas de amigos. Después de Cuba, Dorribo aterrizó en los países árabes, cuyos jeques firmaron varios convenios con él y con Cacharro en la Diputación de Lugo. Esa fue la segunda explosión. Y luego vinieron los países africanos y Sudamérica... Y ya Jorge Dorribo, Nupel para muchos, era un fajo de billetes andante. Viajes con sus amigos de fin de semana al Mediterráneo en jet alquilado (algunos se creían que el avión era propio), o a comer a un restaurante de París de 600 euros por barba porque era su cumpleaños, con avión y noche incluida para todos, o a navegar en el barco de 16 metros que tenía atracado en Carril con capitán incluido.

En Lugo, todos los que supieron acercarse a Jorge Dorribo se llevaron suculentos pellizcos, para patrocinar equipos deportivos, y los políticos para financiar eventos y otros actos. Pero la marea comenzó a bajar hace un año. Los bancos restringieron el crédito, las deudas apretaron, las ahora famosas subvenciones debieron retrasarse, y Jorge Dorribo cayó con todo el equipo en manos de una jueza de Lugo cuando pretendía dar el paso definitivo y trasladar su emporio a Andorra.