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sábado, 19 de mayo de 2012

La estupidez de la burocracia cultural cubana

En la Bienal de La Habana, el castrismo sigue pintando mucho

Las contradicciones de Cuba y de la creación contemporánea colisionan en la gran cita internacional de arte

Unos remos gigantes colocados en el malecón de La Habana como parte de la XI Bienal de Arte de la capital cubana.
Con 30 plantas, el edificio FOCSA es el más alto de La Habana. Su piscina comunitaria fue el escenario elegido por Glenda León (La Habana, 1976) el pasado domingo para mostrar la instalación interactiva Sueño de verano (el horizonte de una ilusión) con la que participa en la XI Bienal que hasta el 11 de junio se celebra en la capital cubana. A cada lado de la piscina, había colocado una ampliación de los mapas de las costas de Miami y de la Habana. Varios nadadores más o menos espontáneos debían desplazarse de un lado a otro de la piscina. Para apreciar la instalación con perspectiva, la artista había invitado a una veintena de periodistas a contemplar su obra desde las terrazas de la planta 11. La cita era a las 11 de la mañana. Pero lo que empezó a esa hora fue un auténtica performance, toda una metáfora de hasta dónde puede llegar el sinsentido burocrático de un régimen agonizante en el que la única ocupación de los funcionarios consiste en vigilar y prohibir.
El intento de acceder a los ascensores desde el vestíbulo central se convirtió casi en una crisis diplomática en la que los numerosos y descoordinados responsables de controlar quién entra y sale del edificio no habían sido informados al detalle. Las amenazas por "violar la seguridad del edificio" a quienes osaban intentar subir al ascensor y sus agrias órdenes de permanecer inmovilizados se mezclaban con quienes intentaban desobedecer y acceder por las escaleras sin éxito. Mientras, los vigilantes del edificio bloqueando con sus cuerpos sudorosos la entrada desconectaban los ascensores, los escasos vecinos del edificio contemplaban mudos y rígidos el espectáculo. Con cuidado de no opinar, solo se preocupaban de que la tarta de mantequilla de colores que portaban (era el día de la madre) no se desmoronara por el sofocante calor.
Coleccionistas de EE UU se saltan el embargo edición tras edición
Al final, la propia Glenda León, quien por supuesto había comunicado previamente la llegada de los intrusos periodistas, pudo renovar los permisos y conseguir que su obra fuera contemplada desde la planta 11. Había pasado casi una hora. Arriba, además de la instalación, lo que se veían era que muchos de los pisos están vacíos. El alto precio de su alquiler, unos 1.400 euros, solo es asumible por arrendatarios extranjeros. "Este tipo de apartamentos", aclaraba discretamente uno de los responsables de seguridad "no es para cubanos. Nosotros no podemos pagar ese dinero". Al menos en la Habana, el común de sus habitantes se hacina en edificios de los que quedan tenues huellas de su pasado esplendoroso, pero cuyo aspecto actual recuerda las fotografías posteriores a los bombardeos de Sarajevo. Para altos funcionarios y algunos artistas, están las preciosas villas de los barrios altos como El vedado o Miramar.
Glenda León, es una de los 180 artistas de 43 países que participan en esta edición de la Bienal de la Habana (Prácticas artísticas e imaginarios sociales), la más abierta a los espacios públicos, aunque sus sedes básicas siguen siendo el Museo Wilfredo Lam, el Gran Teatro de la Habana, el Museo de Bellas Artes, la fortaleza La Cabaña, el Museo del Ron Havana Club (patrocinadores de los creadores más jóvenes) y el Malecón (siete kilómetros de paseo frente al Caribe). León, que asegura que su arte no es político ("Yo me río de la política, lo mío es la interacción", asegura) alterna su vida en la isla con estudios en Madrid, Berlín, Nueva York o París.

'Sin título' pintura del artista cubano Jorge Isidro Sagues. / franklin reyes (AP)


Como otros muchos artistas emergentes cubanos, sus contactos con galerías extranjeras o el disfrute becas de organismos internacionales son su seguro para poder viajar y vivir en condiciones muy diferentes de las de sus compatriotas. La bienal tiene para los artistas cubanos un interés esencial: la presencia garantizada de decenas de coleccionistas estadounidenses que edición tras edición hacen caso omiso al embargo para contactar con ellos.
En la bienal no se vende, pero el negocio está garantizado. Un ejemplo de esta clientela de élite es Ella Fontanals-Cisneros, cuya deslumbrante colección de arte contemporáneo se expone estos días por primera vez en Cuba. Son unas 50 piezas de artistas como Marina Abramovic (la serbia aprovecha el certamen para rodar un nuevo vídeo) o Ai Wei Wei, del que expone una impresionante escultura formada por bicicletas.
Alexis Leyva Kcho (Nueva Gerona, 1970), artista de Marborough, es uno de los más conocidos dentro y fuera de la isla. Sus instalaciones tienen una aparente lectura crítica con el régimen que él niega con vehemencia. En la fortaleza española del XVII La Cabaña, bajo las bóvedas, expone un centenar de cayucos de diferentes tamaños que evocan la escapada de tantos cubanos a las costas de Miami. Para el Gran Teatro ha creado un embarcadero con dos palos que señalan el horizonte. Pero dice que no hay más lectura que la melancolía frente al mar, un estado de ánimo en el pueden vivir los isleños de todo el mundo.
Los artistas jóvenes viven en mejores condiciones que sus compatriotas
Con menos devoción gubernamental se expresa Alexander Arrechea (Trinidad, 1970), exintegrante de Los Carpinteros (autores de una poderosa performance en forma de conga en el paseo Recoletos). Con residencia habitual en Madrid, Arrechea expone varias piezas. Una de ellas en pleno Malecón. Es Nadie escucha (16 pares de pequeñas orejas de acero trepan por un mástil de 6 metros de alto), y con ella el artista cubano llama al entendimiento y al diálogo.
Muchos de los extranjeros proceden de países africanos, Latinoamérica y, alguno, de España. Dos galeristas españoles, Max Estrella y Nogueras Blanchard acompañaron a sus artistas en la Bienal. Alex Nogueras, además de anunciar que abre sede en Madrid manteniendo su espacio en Barcelona, expone a Wilfredo Prieto (La Habana, 1978), quien exhibe El circo triste, la huella de un instante en la vida diaria de este espectáculo. Con residencias temporales en Nueva York, Prieto explica que ha querido capturar el instante en el que la burbuja del show aparece hinchada y congelada.
El arte conceptual predomina entre las obras creadas por los nacidos en torno a los años 70 y entre los que las mujeres van adquiriendo una importante presencia. Pintura, escultura o fotografía se mezclan con materiales en los que, curiosamente, no hay monitores; lógico en un país en el que los ordenadores e internet son un lujo ajeno a la población. Lisandra Isabel García López, con solo 23 años, es una de las más jóvenes participantes.
Hija de artistas, expone una peculiar instalación en la que el dibujo plasmado en el vidrio juega con el derecho a la vida privada. Forma parte de una nueva generación de creadores que están encontrando más facilidades de las que tuvieron generaciones anteriores. Parece que el régimen de Castro es ahora consciente de que son demasiadas las generaciones de artistas perdidas y ahora se les hace la vida un poco menos imposible siempre que las discrepancias no sean frontales. De todas maneras, no dudan en aplastar al que se salga de la raya. El pasado domingo, en pleno Malecón, un espontáneo intentó colar una escultura en la que una peculiar Estatura de la Libertad mandaba saludos a Estados Unidos. Pasaron solo minutos hasta que un funcionario se encargara de pisotear la pieza. "Cumplo órdenes, señora", explicaba indignado y sudando como un pollo. "Aquí se expone lo que está programado".
Quienes pensaban que estaban ante una performance se quedaron perplejos ante la saña con la que actuaba el funcionario. Fue una perplejidad similar a la que experimentaron tres reporteros de medios españoles (EL PAÍS, La Vanguardia y Abc) a quienes el Centro Internacional de Prensa comunicó al llegar a la Habana que, "en aplicación del Tratado de Ginebra", no se les iba a entregar la acreditación de periodistas comprometida con los patrocinadores (Havana Club). El punto del acuerdo que decidieron aplicar los funcionarios es un misterio. No tenían más que explicar. La misma opacidad y misterio que contienen las obras de la Bienal. Pero eso sí, con mucha menos poesía.