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sábado, 23 de marzo de 2013

Chinua Achebe

Muere el nigeriano Chinua Achebe, padre de la literatura africana

El autor de 'Todo se desmorona' fue uno de los primeros escritores que hizo universal la literatura moderna de su continente












El escritor Chinua Achebe, en una imagen de 2008. / Craig Ruttle (AP)
Chinua Achebe, quizás el escritor más influyente de África, acaba de fallecer. Nació en Ogidi, sur de Nigeria, en 1930. Educado en el cristianismo, desde temprano sintió la necesidad conservar sus señas de identidad, permaneciendo fiel a su cultura ibo. Mientras estudiaba Historia y Teología en la Universidad de Ibadán, en su país -entonces colonia británica-, dejó de llamarse Albert para recuperar su nombre tradicional. En esa época, y en la misma prestigiosa institución, se forjó una formidable generación de escritores, vanguardia de las letras africanas en lengua inglesa: John Pepper-Clark, Cole Omotoso y el premio Nobel Wole Soyinka. Nombres como Amos Tutuola y Cyprian Ekwensi también destacan en una lista más amplia de quienes durante más de medio siglo han marcado las líneas básicas de la literatura moderna africana, creando una escuela que continúa en autores como Ben Okri o el inolvidable Ken Saro-Wiwa, paisano de Achebe, ahorcado en 1995 por la ominosa dictadura del general Sani Abacha.
 
Una de las características esenciales de estos creadores es la utilización de la lengua inglesa -impuesta por el colonialismo- para sus propios fines. Lo importante no es el perfeccionismo academicista, sino la transmisión de los valores; no rechazan escribir en la “lengua del enemigo”, sino que se valen de ella para comunicar y universalizar sus emociones, anhelos y frustraciones africanas. De ahí que no desdeñen construir su literatura en el inglés sencillo propio del común de su gente, en el idioma de los suburbios y de los estibadores de los puertos de Lagos o Port-Harcourt. Esa apuesta, además de remarcar su grandeza, permite soslayar polémicas un tanto artificiales que desde hace tiempo planean sobre las literaturas africanas: el papel de las llamadas “lenguas importadas” en la construcción de las culturas postcoloniales, o la presunta inutilidad de la literatura en sociedades mayoritariamente analfabetas.
 
Esa preocupación de Achebe por afirmar las señas de identidad no es sólo estética o estilística. Su primera novela, Things Fall Apart (Todo se desmorona), publicada en 1958, incide temáticamente en lo que se llama ahora “choque de culturas”. El autor propone reflexionar sobre el efecto de la penetración de la civilización europea sobre los africanos, las consecuencias para una sociedad de la imposición violenta y caótica de otra moral, de otras normas, de otros hábitos; porque, añadidos los componentes de explotación, rapiña y racismo, eso fue la colonización para los africanos. Los efectos son bien visibles hoy: un África insegura, carente de los asideros espirituales que permiten afrontar los retos de la existencia desde la seguridad interior de convicciones propias.
 
El éxito de esta novela, traducida a cincuenta lenguas, con más de diez millones de ejemplares vendidos, radica en la propuesta de Achebe. En aquel tiempo, era facilísimo caer en la tentación del revanchismo, del rechazo frontal y virulento de un colonialismo opresor que tocaba a su fin. No le hubiesen faltado ni razones ni seguidores. Sin embargo, la idea subyacente en Todo se desmorona es mucho más racional y humana: Puesto que los hechos históricos son los que son y no pueden ser cambiados, la respuesta no es la resignación, ni el lamento constante, ni la venganza, sino la búsqueda de fórmulas que permitan recobrar el aliento. Él descubrió medio siglo atrás lo que para otros es un hallazgo reciente: el necesario diálogo entre las culturas, el reconocimiento de la interacción permanente, la falacia de la superioridad de unas civilizaciones sobre otras.
 
Ocurre a menudo que una obra excepcional eclipsa el resto de la producción de un autor. Novelista, poeta y crítico literario, Achebe es conocido y reconocido por Todo se desmorona, pero escribió más de una veintena de libros, entre los que cabe citar también La flecha de Dios (1964), Un hombre del pueblo (1966), Chicas en guerra (1971) o Navidades en Biafra y otros poemas (1973). En ellos, vemos a un Achebe preocupado por los problemas de su país y de África, una persona que da testimonio de su tiempo y deja una huella profunda de su tránsito por la vida. Siempre humano y sobrio, no era un ser estridente. Nunca puso sus conocimientos ni su valía al servicio de la arbitrariedad. Pese a tentaciones y amenazas, no colaboró con ninguna de las dictaduras que ha padecido Nigeria desde su independencia. Rechazó honores y prebendas para mantenerse fiel a sí mismo. Por ello es un símbolo del papel del intelectual en nuestros países convulsos, un referente moral. Dejó reflejado este aspecto en su novela Hormigueros de la sabana (1987), retrato del fracaso de los intelectuales y de los políticos africanos. Su única incursión en la política fue su participación en el aparato cultural de la efímera República de Biafra durante la guerra civil de Nigeria (1967-1970), experiencia que narra en su último libro, There was a country: a personal history of Biafra (2012).
 
Para Nadine Gordimer, premio Nobel sudafricana, Chinua Achebe es el “padre” de la literatura africana moderna. Creemos que el título es merecido. En lo personal, y como ya he contado en alguna ocasión, le debo mi vocación literaria a Achebe desde que, en mi adolescencia, cayera en mis manos su primera novela. Fue fascinante descubrir que un negro, un negro africano, podía contar historias que yo mismo llevaba en mis genes. Achebe me dio los ánimos, la motivación, el tono. Y como se puede reconocer con facilidad su huella en escritores africanos de otros ámbitos linguísticos -por ejemplo en el congoleño Sony Labou-Tansi- debemos reconocer su influencia decisiva en nuestro oficio y su maestría en el servicio a la causa de la dignificación de nuestro continente.
 
Achebe no ha muerto en su país, sino en Estados Unidos, donde vivía desde que en 1990 un accidente de tráfico le postró en una silla de ruedas: la postrera metáfora del sino de millones de africanos que, por múltiples razones -todas relacionadas con el subdesarrollo de países sin embargo riquísimos- estamos obligados a padecer la expatriación.
 
 
* Donato NDongo es periodista y escritor ecuatoguineano.

La larga espera de los jovenes cubanos


jueves, 7 de marzo de 2013

Cuando el arte dice basta

Cuando el arte dice basta

Por: | 07 de marzo de 2013
 
   
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NO + dictadura
NO + muerte
NO + feminicidios
NO + violencia
NO + represión
NO+ NO+ NO+ NO+ NO+
Hay miles de NOes que podrían gritarse. Lo difícil es hacerlo durante un régimen dictatorial, férreo, brutal, asesino, como el de Pinochet en Chile. Es lo que hizo Lotty Rosenfeld a finales de los años 70. Se la jugaron y ella  y los miembros del grupo CADA (Colectivo Acciones de Arte), fueron encarcelados en varias ocasiones. Asumían, desde el lenguaje del arte, un enorme riesgo para hacer sus denuncias. Alzaron la voz en nombre de los silenciados cuando pocos se atrevían a hacerlo, y menos aún en los espacios públicos. Luego ese NO + se ha convertido en una forma universal de protesta, no menos vigente en nuestros días. Todo lo contrario.
 
Lotty03grLotty Rosenfeld  es insubordinación y desacato. Lo sigue siendo hasta hoy. Sus gestos y sus signos señalan márgenes e indicaciones. Ella los viola y los transforma. Cambia su significado. Y eso está prohibido. Una de sus obras más consistentes, que viene realizando casi de forma obsesiva desde 1979, es convertir las líneas continuas de las carreteras en cruces mediante una cinta blanca del mismo aspecto. Empezó en 1979 en Santiago de Chile, tituló su intervención simplemente Una milla de cruces sobre el pavimento. A lo largo de estos años ha realizado la misma acción efímera frente al Palacio presidencial de la Moneda (Chile), frente la Casa Blanca en Washington (USA), en Wall Street (Nueva York), en la Plaza de la Revolución en La Habana (Cuba), o en la Documenta de Kassel (2007), entre otros. No solo lo ha hecho antes los grandes monumentos del poder. También ha formado cruces en otros sitios de conflicto como en las fronteras que dividían Berlín Este y Oeste o en el túnel entre Argentina y Chile.
Ahora la ha realizado en Sevilla, en el marco de la exposición Lotty Rosenfeld: Por una poética de la rebeldía, en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. Una decena de estudiantes de la facultad de Bellas Artes de la universidad de la capital andaluza han participado en esta acción que ha tenido lugar frente a la Torre del Oro -junto al Muelle de la Sal, desde donde partían los barcos hacia América-, y en la avendida de los Descubrimientos, ante el CAAC.
Otra de las áreas en las que ha trabajado es creando instalaciones de video. Empezó en los años 80 –junto a otros artistas chilenos como Alfredo Jaar o Juan Downey-, es casi una pionera en las multiproyecciones, como las que presenta en la exposición actual en el CAAC. Para ello cuenta con un ingeniero que crea, con pocos medios y mucho ingenio, aparatos a la medida de sus necesidades. Los videos recorren techos y paredes. Obligan a seguirlos en una dinámica a veces angustiosa. En esta exposición se puede ver, entre otras, Moción de Orden (2002) en la que una hilera de hormigas es interrumpida por un dedo y luego ellas mismas la recomponen. Vuelven a su orden habitual. A eso sigue una sucesión continua de fragmentos de videos de noticias en una especie de collage veloz lleno de significativos momentos políticos, un argumento con una gran carga irónica. Otros abordan temas como el provebial conflicto entre el Estado chileno y la etnia mapuche (La guerra de Arauco, 2001), la crítica situación a la que se ven abocados los ciudadanos ante los compromisos gubernamentales con los grandes consorcios capitalistas (El empeño latinoamericano, 1998) o la forma en la que el lenguaje "domestica" al ser humano (¿Quién viene con Nelson Torres?, 2001), basado en una pieza de la escritora y artista Daimela Eltit -que formó parte del grupo CADA-inspirada en la obra Kaspar, de Peter Handke.
 
 
 
 
 
La artista chilena no es muy prolífica, pero sí constante y profunda. En los últimos años, siempre interesada por las nuevas tecnologías, está creando piezas visuales que incorporan elementos de ficción. Estudió en la Escuela de Artes Aplicadas de la Universidad de Chile, una especie de Bauhaus de la época, y se especializó en la técnica del grabado, que sigue cultivando. En su trayectoria ha sido capaz de sintetizar arte y política a través de un lenguaje propio. Diamela Eltit , afirma en el video que incluimos en este post, que si el sistema dice que algo no se puede, Lotty Rosenfeld dice que sí. Y lo hace una y otra vez.  Lo que ella busca es ampliar los espacios de libertad. Y para eso hay que repetir y repetir el signo. Sea este No, No, No, o el que suma y sigue: ++++++
 
 
Lotty01gr