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miércoles, 24 de octubre de 2012

El fotógrafo de Auschwitz

Wilhelm Brasse, el fotógrafo de Auschwitz

Entre sus tareas estaba retratar a las víctimas de los experimentos científicos del médico nazi Josef Mengele


Una prisionera de Auschwitz, fotografiada por Wilhelm Brasse. / (Auschwitz Museum/AP)
“Siéntese cómodamente, relájese y piense en la Patria”. El teniente de la SS Maximilian Grabner sonrió entonces con el gesto dulce inmortalizado el fotógrafo Wilhelm Brasse. Los presos políticos de Auschwitz llamaban a Grabner “dios nuestro señor”, porque torturaba y fusilaba con tanta iniquidad que hasta la SS investigó sus actividades. El castigo le llegó con la derrota alemana, en forma de una condena a muerte por 25.000 asesinatos. El de Grabner sería uno de los pocos retratos amables que Brasse pudo hacer durante su encierro en el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, donde le obligaron a trabajar en el “servicio de identificación”. Entre sus tareas estaba retratar a las víctimas de los experimentos científicos del médico nazi Josef Mengele. En total, unos 50.000 documentos de la vida y la muerte en el campo donde los nazis asesinaron a más de un millón de personas. Este encargo salvó su vida.
Brasse nació en 1917 en Żywiec. Hablaba alemán, aunque su ciudad natal pasó a ser parte de la Polonia independiente al término de la I Guerra Mundial. Aprendió fotografía en Katowice, pero cuando comenzó la invasión alemana en 1939 estaba en el Ejército polaco. Tras la derrota fue apresado cuando intentaba escapara a Hungría. Dado que sus antepasados paternos eran austríacos y él hablaba el idioma, los alemanes le propusieron alistarse en las Fuerzas Armadas (Wehrmacht) de Hitler. Se negó porque se “sentía polaco y era polaco”, como su madre. El 31 de agosto de 1940 lo enviaron al recién construido campo de concentración de Auschwitz, levantado por la SS en la Polonia ocupada. El nombre aún no era sinónimo de los horrores racistas ni de la arbitrariedad criminal de los nazis. Pronto lo sería, con Brasse como testigo de primera fila.


El fotógrafo Wilhelm Brasse, retratado en su casa de Zywiec, Polonia, en 2006. / Czarek Sokolowski (AP)
 
 
Primero le dieron el uniforme de interno y, a golpes, le forzaron a saltar en el patio con otros presos, para humillarlos. “Jugaban con nosotros como si fuéramos animales”. Los judíos “simplemente eran asesinados”. Los curas polacos recibían trabajos particularmente extenuantes. Los guardas les explicaban a los supervivientes que, si eran fuertes, tenían por delante algunos meses de vida. Para Brasse fueron dos semanas de cuarentena y algunas más de trabajos forzados. Después, un guarda alemán que era preso político le facilitó un trabajo en la cocina para premiar su bilingüismo y sus dotes como intérprete. En 1941 lo llamaron al despacho del célebre Rudol Höß, el comandante de Auschwitz cuyas confesiones sirvieron para reconstruir parte de los sucesos del campo antes de que los Aliados lo ahorcaran por sus crímenes. Resultó que los jefes buscaban un fotógrafo. Lo eligieron a él.
Recordaba en algunas entrevistas que su trabajo no sólo le salvó de una muerte segura, sino que le proporcionó una mejor confortable entre las alambradas del campo. Como tenía que tratar con los alemanes, éstos le facilitaban ropa y le permitían lavarse “para no molestarlos con mal olor”. La suerte de Brasse fue la manía alemana por documentarlo todo con prolijidad, aun aquellas brutalidades.
Después de la guerra le perseguían pesadillas protagonizadas por las víctimas de los nazis que tuvo que fotografiar. Sobre todo, por chicas judías que sufrieron los experimentos del doctor Mengele. Un día, el propio médico de Auschwitz lo felicitó por el trabajo a través de su jefe en el campo: “las fotos son exactamente lo que necesitamos”.

Niños enseñan sus números de presos tatuados, poco después de la liberación de Auschwitz por parte de las tropas soviéticas, en una imagen de autor desconocido. / AUSCHWITZ MUSEUM / REUTERS
 
 
Explicaría después Brasse que había cumplido sus tareas “porque no se podía decir que no [a la SS] y porque no hacía daño a nadie”. Después de la guerra no volvió a la profesión, “porque los muchachos judíos y las chicas judías se aparecían en flashes constantes ante los ojos”. El fotógrafo sabía que su cámara iba a ser una de las últimas cosas que iban a ver antes de que los enviaran al gas.
Tras sobrevivir a una de las “marchas de la muerte” de prisioneros de los nazis, Brasse regresó a su ciudad natal en Polonia, donde murió el martes a los 95 años.

domingo, 21 de octubre de 2012

La Tercera Guerra

Hacia el Pearl Harbor cibernético

El Gobierno de EE UU confiesa su preocupación por la escalada de la ciberguerra con Irán, que ha atacado sistemas informáticos estadounidenses en respuesta a las agresiones virales sufridas


Un departamento de seguridad encargado de evitar que se produzcan ataques a sistemas informáticos estadounidenses en Arlington (Virginia). / HYUNGWON KANG (REUTERS)
Tan silenciosa es esta guerra que la inmensa mayoría del planeta ni se ha enterado de que se libra con ferocidad desde hace tiempo. Los que están en ella la viven, sin embargo, con creciente angustia. Por ejemplo, Leon Panetta, que acaba de declarar que su país está al borde de “un Pearl Harbor cibernético”. ¿A qué se refiere el secretario de Defensa de Estados Unidos? Pues a una reciente serie de ataques contra sistemas informáticos de la industria petrolera saudí e instituciones financieras norteamericanas atribuidos, según informó el International Herald Tribune del lunes, a las unidades de defensa contra la ciberguerra puestas en pie por la República Islámica de Irán.
¿Guerreros ciberespaciales del régimen de los ayatolás? Sí, existen desde 2011 como respuesta a una previa ofensiva de piratería informática de su programa nuclear universalmente atribuida a la colaboración de Estados Unidos e Israel. En principio, su tarea consistía en hacer de antivirus de los sistemas iraníes, pero, según las fuentes citadas por el Tribune, podrían haber pasado a la contraofensiva con los ataques que en agosto afectaron a la compañía petrolera estatal saudí Aramco y tal vez los que impidieron a clientes de bancos norteamericanos acceder online a sus cuentas.
Aunque sean de oficio los villanos de la película, no fueron los iraníes los primeros en apretar este botón. Lo hizo un premio Nobel de la Paz, el mismísimo Barack Obama. En su primer mandato presidencial, Obama se ha caracterizado por un modo peculiar –más contemporáneo, por así decirlo, y, para él y sus compatriotas, menos traumático- de hacer la guerra: el desarrollo de la ciberguerra (ciberespionaje y cibersabotaje) contra Irán y el uso masivo de drones -aviones sin humanos a bordo- para atacar objetivos en países como Somalia, Yemen, Afganistán y Pakistán. Por el contrario, ha reducido la presencia de tropas físicas estadounidenses en zonas conflictivas.
En mayo, Irán anunció que había localizado en sus ordenadores el virus Flame, el más maligno jamás inventado

En la noche del martes al miércoles, en su segundo debate televisado de esta campaña presidencial, Obama le paró los pies a Romney a propósito de una supuesta “blandura” en el caso del asalto al consulado norteamericano en Bengasi. Tenía razón: no es para nada la “paloma” que describen esos belicosos a la antigua que son los republicanos de Estados Unidos; es un frío, inteligente e implacable comandante en jefe de las nuevas formas de hacer la guerra en el siglo XXI.
La ciberguerra contra Irán comenzó durante la presidencia del segundo Bush y en ella van cogidos de la mano Estados Unidos e Israel. Su primer producto conocido, el virus Stuxnet, perturbó seriamente las instalaciones nucleares iraníes a fines de la pasada década. Al ser descubierto en el verano de 2010 -se fugó a Internet desde la planta iraní de Natanz-, Obama hizo patente su preocupación en las reuniones de su consejo de seguridad en la Casa Blanca. Dijo temer que la conversión de Estados Unidos en un musculoso hacker con bandera nacional terminara justificando política y moralmente ciberataques contra ese mismo país. Es una opinión que hoy siguen expresando otros en Estados Unidos.
Según ‘The New Yorker’, la Fuerza Aérea de EE UU cuenta con 7.000 ciberguerreros en bases de Tejas y Georgia

Pero las dudas de Obama se desvanecieron pronto y terminó aprobando la continuidad de esa forma de pelea, conocida en la Casa Blanca, el Pentágono y la CIA como Olimpic Games. Incluso hizo más: decretó su escalada. A comienzos de julio, The New York Times publicó una extensa información que daba cuenta de cómo Obama “ordenó en secreto un aumento de los ataques sofisticados a los sistemas informáticos de las factorías iraníes de enriquecimiento de uranio, expandiendo así de modo significativo el primer uso continuado por Estados Unidos de ciberarmas".
A la par, Obama instó a los servicios de inteligencia civiles y militares norteamericanos a estrechar la colaboración en este frente con los israelíes. Tras negarlo inicialmente, por aquello de no confirmar sus propias debilidades, el régimen iraní terminaría reconociendo que troyanos, virus y programas malignos venidos del exterior zancadilleaban sus esfuerzos.
En 2010, Richard A. Clarke, que fue jefe de los servicios antiterroristas de Estados Unidos con Bill Clinton y George W. Bush, publicó un ensayo titulado Cyber War (publicado en castellano por Ariel con el título Guerra en la red). Profetizaba una III Guerra Mundial en el ciberespacio para la que ya se estaban preparando potencias como Estados Unidos, Israel, Rusia y China. Así lo reseñó, muy críticamente, la revista Wired: “Encontrarán aquí el Libro de las Revelaciones vuelto a escribir para la era de Internet, con el Fin de los Tiempos anunciado por los Cuatro Caballos Troyanos del Apocalipsis”.
¿Es Flame el primero de esos caballos? A finales de mayo, el organismo público iraní dedicado a la lucha contra la piratería informática (CERT en sus siglas en inglés) anunció que había localizado ese virus, el más maligno de los jamás inventados. Llevaba dos años infectando sus ordenadores sin ser detectado por ningún antivirus.
Flame es un conjunto de programas que realiza múltiples tareas de espionaje y sabotaje: graba conversaciones, permite control remoto del ordenador, tiene Bluetooth que se adueña de los teléfonos móviles próximos, copia y transmite datos a distancia, se va actualizando, es indetectable por los antivirus hoy existentes… Según observó Douglas Rushkoff en CNN, "tiene todos los indicios de constituir un ciberataque maquinado por un Estado nación”.
Su descubrimiento fue obra del laboratorio especializado que el ruso Eugene Kaspersky dirige en Moscú. Kaspersky lo tildó de “caja de Pandora”, dijo que el uso de virus como este podría terminar afectando a servicios civiles nacionales enteros como redes eléctricas, industrias energéticas, redes bancarias o sistemas de tráfico aéreo, por lo que, añadió, deberían ser prohibidos como en su día lo fueron las armas químicas y biológicas. "Estoy asustado, créanme", declaró.
Por supuesto, Estados Unidos no reconoce oficialmente ninguna relación con estos virus informáticos que minan el programa nuclear iraní. Tampoco Israel.
Eso sí, The New Yorker informa que tan solo la Fuerza Aérea de Estados Unidos cuenta ya con 7.000 ciberguerreros en bases de Texas y Georgia. ¿Cuántos más habrá en otros departamentos del Pentágono, la CIA y otros órganos del Gobierno federal estadounidense?
Creado en 2009, bajo la presidencia de Obama, con sede oficial en Fort Meade (Maryland) y dirigido por el general Keith B. Alexander, United States Cyber Command (USCYBERCOM) es el nombre del organismo que dirige las unidades ciberespaciales de la Fuerza Aérea norteamericana. Ahora parece haberle surgido un serio rival en las unidades iraníes especializadas que dirige el general Gholamreza Jalali y que podrían estar detrás de los últimos ataques a sistemas saudíes y estadounidenses. Aún no ha sonado un solo disparo en la próxima guerra del Golfo, pero, a golpe de teclado y de ratón, ésta se libra ya en el ciberespacio.

jueves, 18 de octubre de 2012

Emmanuelle

Fallece la actriz Sylvia Kristel, que encarnó al mito erótico Emmanuelle

La intérprete padecía un cáncer de estómago

Se hizo famosa con la serie de películas eróticas 'Emmanuelle'

 
La actriz Sylvia Kristel. / Rue des Archives / Cordon press
 
La actriz holandesa Sylvia Kristel, que se hizo famosa en 1974 con el personaje erótico de Emmanuelle, ha fallecido en Ámsterdam a los 60 años de un cáncer de estómago. A pesar de que su carrera siempre estuvo ligada a la serie (hubo dos secuelas entre 1975 y 1984) participó en medio centenar de filmes de diversos géneros. Entre los directores que la contrataron figura Roger Vadim y Claude Chabrol. En los últimos años se dedicó a la pintura, y en 2006, publicó su autobiografía, Nue (Desnuda). Es un relato descarnado y cándido a la vez, donde cuenta su lucha contra las drogas, el alcohol y el tabaco. Deja un hijo, Arthur, de su relación con el fallecido escritor belga Hugo Claus.
Sylvia Kristel nació en Utrecht en 1952 y empezó su carrera como modelo a los 17 años. Sus padres regentaban un bar y se divorciaron cuando ella tenía 14. En su autobiografía reconoció que nunca pudo superar la falta de una figura paterna, y la buscó en sus relaciones sentimentales. Hugo Claus, su primera pareja seria, le llevada 27 años. En 1973 ganó el concurso de Miss Televisión Europa y un año después saltó a la fama con Emmanuelle. En 1979 dejó a Claus y se marchó a Estados Unidos con el actor Ian McShane, diez años mayor. Cinco años después, y tras un intento fallido de que hacer carrera en Hollywood, la actriz le dejó. Según contaba, durante esa época empezó a tomar drogas, y tuvo que aceptar malas películas para pagar su adicción.
En 1981 actuó en El amante de Lady Chatterley, adaptación de la novela de D. H. Lawrence. También fue Mata Hari, la legendaria espía. Entre sus filmes en Estados Unidos figura Concorde Aeropuerto y Clases Particulares. En 2005, aseguró en la televisión holandesa que su mayor virtud era “estar alegre”. Para entonces ya le habían diagnosticado un cáncer de garganta, que acabó entendiéndose al pulmón, y finalmente, el estómago. Si bien nunca pudo olvidar a Emmanuelle (en Francia estuvo 10 años en cartel), ha sido una de las artistas más famosas del cine holandés.

lunes, 15 de octubre de 2012

La Revolucion africana

 

Hace 25 años, un tal Sankara...

 
 
Por: José Naranjo| 15 de octubre de 2012
 
Este 15 de octubre se cumplen 25 años del asesinato de Thomas Sankara, conocido como el Ché Guevara africano, el joven capitán que en 1983 se convirtió en presidente de Burkina Faso (entonces llamada Alto Volta) mediante un golpe de estado y que puso en marcha una auténtica revolución en su país: nacionalizó las tierras y las entregó a los campesinos, estatalizó las riquezas minerales, emprendió campañas de alfabetización y vacunación, se enfrentó a los organismos financieros internacionales promoviendo que no se pagara la deuda externa, promovió la autosuficiencia para evitar vivir de la ayuda exterior y estimuló, como nadie ha hecho nunca en África, los derechos de la mujer. Pero, más allá del mito, ¿cómo era Thomas Sankara en realidad? Dos personas que lo conocieron bien y compartieron con él sus esperanzas y sus miedos nos hablan del Sankara más humano 25 años después de su muerte.

ThomasSankara-

“Tenía un carisma extraordinario, estaba lleno de fuerza y de energía. Cuando entraba en una habitación era imposible no mirarle y esperar a ver qué iba a decir”. Marie-Angélique Savané no oculta la admiración que aún siente por Sankara. En 1983, año de su llegada al poder, esta mujer senegalesa trabajaba en Naciones Unidas y presidía la primera asociación feminista de Senegal. “Yo estaba en contra de los golpes de estado, pensaba que no eran el método adecuado. Pero en aquellos años en África no había libertad de expresión, ni alternancia, ni verdadera democracia. Y Thomas llegó con esas ideas progresistas, con su discurso cercano al pueblo, no era el clásico militar, así que me dije ¿por qué no? Muchos hicimos lo posible por conocerle, por escucharle”.
Fue poco después del golpe de estado. Marie-Angélique estaba de misión en Burkina Faso y solicitó una audiencia con el presidente. “Fue un intercambio fraternal. Me impresionó su juventud (Sankara tenía solo 33 años, dos años menos que ella). Él era militar y, claro está, tenía su manera autoritaria de decir las cosas, pero conmigo se mostró siempre extraordinariamente abierto y atento a mis palabras. Recuerdo que me dijo que conocía muy bien el Ejército, pero que no era economista, ni sociólogo, ni politólogo y que, por tanto, quería rodearse de la gente más preparada para sacar a Burkina Faso de la miseria. Ese era su empeño”, asegura.

Landing Savané, marido de Marie-Angélique, era por aquel entonces uno de los principales opositores al presidente senegalés Abdou Diouf y lideraba el partido maoísta Movimiento Revolucionario por la Nueva Democracia (MRDN). Y también se quedó impactado con el discurso de Sankara. “Para toda la gente de izquierdas fue una gran esperanza. Su discurso era fresco, era antimperialista, era panafricano. Fui hasta Ouagadougou para conocerle y hablamos de igual a igual, sin formalismos, de la necesidad de que toda África se uniera, de que teníamos que recuperar nuestra dignidad. Me impresionó su sensibilidad feminista, nadie llegó hasta el extremo que lo hizo en él en este sentido”, explica Landing.
Sankara prohibió los matrimonios forzosos, la mutilación genital femenina y la poligamia y empezó a colocar a mujeres en los más altos cargos del Estado. “Sankara solía decirnos que veía a las mujeres por todos lados trabajando duro y sin obtener beneficios por ello. Creo que esta sensibilidad le venía de su propia experiencia, de su familia. Me sorprendió positivamente esta actitud de Thomas”, recuerda Marie-Angélique, “pensaba que las mujeres podían realmente ayudarle en la transformación de Burkina Faso. Si no hay igualdad no podemos lograrlo, decía siempre. Si nombraba a un ministro hombre, ponía a una mujer como alto cargo y viceversa. ¡Él promovió la paridad y estábamos en los años ochenta! En Senegal estaba surgiendo el movimiento feminista, que era cuestionado y contestado por muchos hombres, y Thomas hizo todo lo contrario, nos invitó a Burkina para hablar con la sociedad, para que explicáramos nuestra posición. Fue increíble”.
Poco a poco, los Savané fueron trenzando una relación muy estrecha con el líder del país vecino. “Nos invitó al Festival de Cine que se celebra en Ouagadougou. Iba a buscarnos en su propio coche que él conducía sin escolta ni nada y nos enseñaba la ciudad”, recuerda Landing. Desde luego, Thomas Sankara era alguien diferente. Nacido en 1949, comenzó la carrera militar muy joven, con solo 19 años. Desde muy pronto conoció las obras de Marx y Lenin y se sintió próximo a las ideologías de izquierdas. Sin embargo, en los años setenta era más conocido en la capital burkinesa por su buen hacer tocando la guitarra con el grupo Tout-à-Coup Jazz que por sus ideas políticas. En la Agrupación de Oficiales Comunistas, allá por el año 1976, comenzó a coincidir con otro militar llamado Blaise Compaoré, con quien compartía las mismas inquietudes.
 
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Thomas Sankara, durante un discurso.
 
 
 
“Iba siempre vestido de militar”, recuerda Marie-Angélique, “yo se lo reprochaba, pero él me decía que tenía que marcar distancias con otros presidentes, que no podía llevar trajes hechos en Europa como ellos”. Landing también lo recuerda así, con su uniforme y su boina roja, un poco al estilo del Ché Guevara a quien Sankara admiraba sin tapujos. “Era un idealista. No era sólo el Ché, admiraba a Mao Tse Tung, a Amílcar Cabral, a Kwame Nkrumah, a Patrice Lumumba. En nuestras conversaciones evocábamos a todos los progresistas negroafricanos. En aquella época el imperialismo dominaba muy fuerte”, asegura el político senegalés.
Un año después de ocupar la Presidencia, Sankara decidió cambiar el nombre del país, que entonces se llamaba Alto Volta y rebautizarlo como Burkina Faso, que significa El país de los hombres íntegros. Y se puso manos a la obra. Algunas de sus medidas fueron renunciar a todos los Mercedes Benz propiedad del Gobierno y convertir al humilde Renault 5 en el coche oficial, prohibir a los miembros de su gabinete volar en primera (“vais a llegar al mismo tiempo en clase turista”, dijo a sus ministros) o tener chófer, bajarse el sueldo y el de todos los funcionarios y negarse a disfrutar de aire acondicionado en su despacho asegurando que esto era un lujo al alcance de muy pocos.
 
 

 
 
El también senegalés Mamadou Diouf, organizador del Foro Social Mundial de Dakar 2011, cuenta otra anécdota de Sankara: “Fue durante una reunión de la Organización para la Unidad Africana en Addis Abeba. En el receso para comer, Thomas llegó a la mesa que estaba preparada y vio allí toda aquella comida que rebosaba por fuera de las bandejas, apetitosa y humeante, las copas de cristal, el agua embotellada que costaba un dineral. Entonces se dirigió a uno de sus asistentes y le dijo que pidiera al servicio una bacinilla, que la llenara de agua del grifo y la trajera a la mesa. Luego dio dinero a otro miembro de la delegación de Burkina y le encargó que fuera a la calle y a la primera mujer que vendiera comida en la calle le comprara unos muslos de pollo y un poco de arroz. Ningún burkinés probó nada de lo que había en la mesa aquel día. Sankara acababa de dar un discurso diciendo a los líderes del continente que la única manera de salir del subdesarrollo era consumir africano y era de los que pensaba que había que empezar por uno mismo. Le ofendía el derroche”.
El 15 de octubre de 1987, cinco años después de su llegada al poder, fue asesinado por sus propios compañeros de revolución. “La víspera de su muerte nos llamó a Dakar”, asegura Marie-Angélique. “Nosotros sabíamos que había problemas entre ellos, entre los líderes, pero nunca pensamos que se iba a llegar tan lejos. Nos dijo que la situación se había deteriorado mucho, que no sabía qué iba a pasar, que todas las vías de diálogo se habían agotado”. Cuando habló con Landing fue aún más explícito. “La gente no me comprende”, le dijo. “Thomas estaba muy preocupado por los antagonismos en el seno del Ejército. Sabía que se estaba preparando algo, pero él estaba decidido a llegar hasta el final, aquel día que hablamos él ya se sabía un mártir, estaba completamente aislado. Desde la óptica de sus compañeros, él había querido ir muy rápido con las reformas”, concluye Landing Savané.
El crimen, en el que también murieron otras doce personas, fue orquestado por el propio Blaise Compaoré, desde entonces y hasta ahora presidente de Burkina Faso, quien rápidamente revocó muchas de las decisiones adoptadas por Sankara e hizo lo posible por borrar su memoria. De hecho, su cuerpo fue desmembrado y enterrado en una tumba anónima. “Nos revolvimos, sentimos cólera”, recuerda Landing, “nos manifestamos en Dakar. Me llamó Mariam, la mujer de Thomas, muy preocupada, tenía miedo, pensaba que iban a por ella y a por sus dos hijos también. Entonces fui a ver a Blaise, lo conocía porque me lo había presentado el propio Sankara, y le dije que lo ocurrido era terrible, que ya no tenía remedio, pero le pedí que al menos dejara marchar a Mariam. El presidente de Gabón también medió y finalmente se logró que salieran del país”.
 
 

 
 
Thomas Sankara, con su radical discurso del cambio, se había enfrentado a poderosas fuerzas económicas y políticas que acabaron por matarle. El imperialismo que tanto combatió lo llevó hasta la tumba. Él mismo lo vaticinó varias veces. En julio de 1987, durante una reunión de la OUA en Addis Abeba dio un recordado discurso ante los líderes africanos en el que reclamó la unidad de todas las naciones del continente para oponerse a pagar la deuda externa que ahogaba y mantenía en la pobreza y la dependencia a los ciudadanos.
 
 
 
“Si Burkina Faso es el único país que rechaza pagar la deuda, yo no estaré en la próxima conferencia”, dijo. Tres meses después dejó para la historia su famosa frase, “aunque los revolucionarios, como los individuos, puedan ser asesinados, nunca se podrán matar sus ideas”. Una semana más tarde ya estaba muerto. Hoy, 25 años después, son legión los africanos que no le han olvidado.